Días pasados, El Gráfico, histórica revista deportiva argentina, recordó con una hermosa nota al Mencho Ramón Ismael Medina Bello. En la foto "de tapa", él le ceba un mate a Tita, en la concentración de Racing. Ambos vivían en el estadio. Como muchos otros, el "Mencho" había llegado del interior con un gran sueño: triunfar en el fútbol.

Está acostumbrado a luchar, a no perder nunca la esperanza al trabajo, al desgaste. Y todo esto, que tiene que ver con su vida misma, con su infancia y adolescencia en Gualeguay, Ramón Ismael Medina Bello lo refleja en la cancha. Porque esa pelota que corre delante suyo también es aquella oportunidad que busca su familia en el estero entrerriano. Por eso ese pique, ese enganche, esa fuerza. Ya quedó atrás el rival desairado. Y Ramón no lo piensa dos veces. Sigue adelante, ahora con la pelota, ahora con su oportunidad.

Tiene seis hermanos. Él es el mayor y sólo tiene 21 años. A su madre la imaginamos con toda la sencillez del delantal y el batón, y sus 37 años doblemente vividos en partos y sacrificios. ¿No es así Carmen Ramona Bustamante? Y a su padre, indoblegable allá en el puesto de la estancia, vigilando los animales, peleando con las garrapatas. Aunque ahora Ramón (51) se gane su salario como empleado de la Municipalidad.

—Yo soy criado en el campo. Ahí le daba una mano a mi padre. El curaba los animales. Yo le ayudaba a tenerlos quietos...

Ramón es macizo, de ojos pequeños, de pocas palabras. Con piel de arcilla, casi sin gestos. Llegó a los 18 años a Buenos Aries recomendado a Racing por Omar Parodi. Jugaba en el club Urquiza, en Gualeguay.

—Me tomó la prueba Hugo Zarich, me acuerdo. Dijo que anduve bien y que me iban a llamar en un mes. Pero no me llamaron...

Pasó un mes, otro más. Ramón se había hecho las ilusiones del caso, aunque no es amigo de fantasear.

—Estaba a la espera de ese llamado, pero no me puse loco. No hice proyectos ni nada. Quería venir a Racing y mis planes terminaban allí. Sé que otros muchachos, en mi lugar, ya se hubieran imaginado jugando en la primera... Pero yo, no. Soy así. Me gustan las cosas bien concretas. Reales.

El llamado, finalmente, llegó. Y a partir de entonces la historia se acelera. Goleador en la cuarta división y en la tercera: 45 en total. El debut en primera frente al Wanderers en un amistoso jugado en la cancha de River. Y el gran debut por el campeonato oficial, frente a River: 1-1 y su primer gol.

—Estaba muy nervioso en ese partido. Toda esa gente en las tribunas y enfrente nada menos que River. Por suerte hice un gol... no lo podía creer. Mi primer partido y haciendo un gol. Pensé en mi familia, allá en Gualeguay. Lo felices que debían estar...

Se fue afirmando poco a poco en la primera división. Pese al servicio militar, a su juventud, a la desesperación de Racing...

—Comencé a jugar bien a partir de la Liguilla. Fue muy importante Basile en todo esto. Me aconsejó muy bien. También el "Panadero" Díaz. Y todos los muchachos.

—¿Qué te dice Basile?

—Que juegue sin miedos. Que patee al arco más seguido y desde fuera del área. Que yo le pego fuerte. Que no tenga miedo si la pelota se va afuera. Que insista. Que tengo todo su apoyo... Para mí esto es muy importante. Desde que Basile me dio esa confianza, juego mejor. También me pide que encare siempre para el arco contrario. Y yo le hago caso.

—Evidentemente da buenos resultados. ¿Notás que vas mejorando, incorporando cosas? ¿Qué te falta todavía?

—Voy mejorando, creo que sí. Ahora le pego mejor que antes con la zurda. Casi, casi te diría que le pego con las dos piernas. Me falta definir mejor.

— ¿Tener más serenidad?

—Serenidad, eso es. Me falta serenidad.

— ¿Y eso cómo se consigue?

—No sé, jugando, supongo.

—Con experiencia...

—Claro, con más experiencia.

—Hablame de Racing.

—Quiero ser campeón con Racing. Es lo que más quiero. Y aunque falta mucho para que termine el campeonato, por lo menos podemos decir que estamos en la lucha por el título, y eso ya es mucho.

—¿Y después?

—¿Cómo después?

—Supongamos que son campeones. ¿Qué viene después para vos, para tu vida?...

—No sé qué viene. ¿Sabés que todavía no firmé mi primer contrato en Racing. En estos días creo que lo voy a hacer.

—Tu primer contrato...

—Sí. Lo va a manejar Omar Parodi, que es mi representante. Yo no tengo nada, ¿sabés? No tengo casa, no tengo auto. Vivo en la concentración de Racing.

Allá en la cancha. En la misma habitación con Daniel Quintana y Fernando Cejas, dos entrerrianos de Gualeguay, también.

El hincha de Racing debe haber oído hablar de la concentración varias veces. Está debajo del estadio, dando casi toda la vuelta a partir del vestuario local. A unos cuarenta metros del hogar de Tita Matiussi. Es el sitio que destina el club para los pibes que llegan del interior, mientras se van haciendo un futuro.

Allí, en pequeñas habitaciones pobladas de cuchetas, una docena de muchachos comparten el almuerzo, el desayuno, el mate, la televisión, los juegos de naipes. Y también las confesiones más ínfimas, esas que hablan de sus proyectos, sus grandes sueños, que muchas veces quedan en el camino. Ahí está, todavía, Ramón, esperando la gloria...

—¿Qué vas a hacer cuando empieces a ganar dinero con el fútbol?

—Tengo la gran ilusión de comprarle una casa a mis padres, allá en Gualeguay. Ellos tienen una, pero queda muy cerca del río y cada vez que hay una creciente se inunda todo.

—¿Le estás mandando dinero a tu familia?

—Sí, lo poco que gano se lo mando. Yo gasto poco.

—¿Extrañás?

—Mucho, pero ya estoy acostumbrado. Al primer mes que vine a Buenos Aires me quería volver, largar todo. Pero mis viejos me aconsejaron: quedate, quedate que es tu oportunidad. Les hice caso y aquí estoy. En la primera de Racing.

—¿Los vas a visitar?

—Sí, cada quince días. En Gualeguay están locos conmigo. La gente me para por la calle. ¿Sabías que Burruchaga también es de allá? Bueno, ahora todo el pueblo se hizo de Racing. Ahora me conocen todos, firmo autógrafos.

—¿Y?

—Nada más. ¡Cómo hablé! Yo no soy de hablar mucho. Chau, gracias por todo.

Cruzó la avenida Mitre, esquivó un par de automóviles. Pisó el área, preparó el remate y le dio fuerte, fuerte... La vida también puede tener forma de pelota. ¿No Ramón?

Rodolfo Piovera (1987) con fotos de Ricardo Alfieri, para El Gráfico