El árbitro pitó la falta dentro del área. Algunas protestas surgieron mientras él, el mejor del mundo, tomó la pelota y caminó tranquilo hasta el punto del penal. Bien tranquilo, son años.

Acomodó el balón sobre el punto blanco, mirando la valla, donde el arquero comenzaba a acomodarse para enfrentar el tiro. Entonces, él caminó unos pasos hacia atrás, sin perder de vista la pelota.
De ese modo, se paró frente a la bola y los tres palos. Tomó aire profundamente. Vio que el arquero era alto, y recordó que había demostrado que sabía lo que hacía. Entonces, el guardavalla, repentinamente, le pareció más grande.
Él sabía que el partido venía complicado, y que ellos lo habían planteado y ejecutado de forma impecable. No era fácil entrarles. Entonces el arco le pareció que se encogía.
Ellos, técnicamente, no asustaban a nadie. Ni tenían tradición. No existían. Ellos no tenían presiones. Entonces, el arquero se le insinuó aún más grandote.
Sintió que los miles de espectadores hacían bajar su aliento al campo de juego. Pero más sentía la presión de los 40 millones de compatriotas que estaban conteniendo su aliento hasta que el convirtiera. Entonces, el arco se le hizo más chico todavía.
Igual respiró profundamente, y se preparó para patear el penal. Evaluó el arco y el arquero. Miró al árbitro como diciéndole que estaba listo.
Él es Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, el capitán de la selección argentina. Un profesional, si los hay. Él no puede equivocarse. Entonces, el islandés se le pintó enorme. Más grande que el arco.
Aunque trataba de impedir sus pensamientos, imaginó lo que dirían todos si lo erraba. Sabía la intolerancia que nos caracteriza a los argentinos. Nadie dejaría de putearlo si no convertía ese penal en gol. Entonces, los tres palos, detrás del gigantesco arquero de rojo, ni se veían. Casi habían desaparecido.
Comenzó a trotar hacia la pelota y la empalmó con toda su clase, su técnica, su exquisitez. Una masita que fue a la derecha del arquero, a media altura. El gigante Hulk rojo se estiró y la despejó con las manos hacia la derecha.
La desazón. La desilusión. La frustración. Pero él es Lio, es Messi, el mejor del mundo. Él no puede errarle, pero menos puede bajar los brazos después del error. Él no puede rendirse, por más mal que les vaya.
El partido siguió. Después del penal, la defensa islandesa se hizo casi tan grande como el arquero, y los tres palos siguieron diminutos. No hubo forma de penetrarla. El partido terminó uno a uno, complicándonos el Mundial ya desde el inicio.
Pero habrá revancha, sufriremos, pero tendremos revancha. Es más, no recuerdo un mundial sin haber sufrido.
Norman Robson para Gualeguay21