De un lado se paró la máquina, del otro el atrevimiento. De un lado la fría precisión, del otro el calor de la pasión. Uno era el favorito, el otro apenas garpaba los boletos.

El arbitro pitó el inicio y la pelota entró en movimiento. Desde un principio, el atrevimiento, irrespetuoso, desafió a la máquina a su juego. La inspiración se le plantó a la técnica, y la improvisación descolocó la sincronía de los afamados engranajes. Sorpresa, desenfado, más sorpresa.
Eran los campeones del mundo que, desconcertados, sufrían la verde insolencia de un equipo sin grandes laureles: México. La última vez que se habían visto las caras, los teutones habían paseado a media máquina a los chicanos, y se fueron con una goleada.
Hoy, el carril izquierdo se gastó de intentos tequileros, mientras que, cuando perdían la pelota, se contraían y todos defendían. Hasta que, después de infinitos intentos, y de tanto haber ido el cántaro a la fuente, se les dio.
El malhumor teutón era indisimulable. Tanto que llegaban hasta el área y la jugada se diluía. En una de esas jugadas  a los 35 minutos, Moreno recuperó la pelota en su campo, habilitó a Chicharrito por el medio, éste a Guardado que, antes de llegar al área alemana, habilitó al Chuky, que, después de hacer pasar de largo a un defensor contrario, clavó el derechazo en la ratonera izquierda del arco campeón del mundo.
En ese mismo instante, a miles de kilómetros, en los centros mejicanos de control sísmico, los sensores saltaron testimoniando la explosión emocional de todo un pueblo.
A partir de allí fue pasión y tensión. El orgullo agraviado de la máquina de los campeones del mundo les impedía imponer su juego, mientras que los atrevidos chicanos, sus verdugos, supieron capitalizar eso en su beneficio. Pero el rigor físico comenzó a tallar en los gladiadores verdes.
Cuando promediaba el segundo tiempo, ya no quedaban piernas, ni aire, ni resto, solo pasión, pero ellos sabían que la pasión hace milagros, y dejaron su cuerpo en la cancha, su alma, y la de los hinchas que se habían llegado a Rusia soñando un milagro como ese.
La máquina teutona no lo podía creer, nunca estuvo en sus planes perder. Eran los candidatos por excelencia. Pero olvidaron que el fútbol es el fútbol, y en la cancha sí suceden milagros. La máquina, con su fría precisión técnica, fue superada por la garra del atrevimiento, muñido de apasionada y cálida improvisación creativa.
Agónicos, pero estoicos, hidalgos, aguantaron hasta el pitazo final que les concedió la victoria. México le ganó al último campeón uno a cero, resolviendo prácticamente su clasificación y modificando todos los pronósticos y todas las llaves existentes.
No fue anecdótico, fue histórico, y los mejicanos así lo celebraron. Se llevaron tres puntos de oro.
Ahora bien, acallada la euforia futbolera, y salvando los colores y sus culturas, el resultado de esa contienda nos recordó a todos que la maquina no es invencible. Nos recordó que la pasión mueve montañas cuando comulga entre quienes quieren moverla. La unión hace la fuerza, decían los más grandes. Coincido y agrego: La pasión consuma los sueños.
Norman Robson para Gualeguay21