El ambiente, tal cual los últimos días, era tenso. Desde la derrota, los puteríos más los dimes y diretes habían derrumbado los ánimos. Algunos trataban de poner onda, pero la pálida superaba cualquier pretensión.

La vergüenza les dolía. Las cosas que se decían en casa llegaban a sus oídos a pesar del hermetismo. La indignación disparaba las temperaturas e imposibilitaba cualquier contención.

Están en San Petersburgo. El partido era al otro día, el equipo no estaba claro, y los roles de cada uno menos. Las presiones asfixiaban. Alguien puso la radio, pero era como todo: ajeno, extraño. Nada que decir de los anfitriones, todo de primera, pero ni las propias familias habían podido con la tensión.

En este marco, todos estaban concentrados en el hotel Sokos Palace a la espera del día siguiente. Ya los conocían. No había secretos técnicos. El problema del partido no estaba en los africanos. Definitivamente no. El problema eran ellos mismos. Tampoco era técnico. Ya era netamente anímico.

Fue justo en un momento de casi silencio. A todos al mismo tiempo, algo los distrajo. Algo que no era ajeno, algo que era propio, bien propio, y se encontraron todos saliendo hacia afuera. El creciente murmullo les era familiar, íntimamente familiar.

Los anfitriones parecían asustados. Se miraban extrañados, mientras ellos empezaron a mirarse los unos y los otros, y a sonreír incrédulos. "No puede ser", se decían con la mirada, mientras la horda se acercaba. No les quedaba duda y el escalofrío corrió desbocado por sus cuerpos. Las lágrimas comenzaron a luchar por salir. No pocos se ahogaron en las suyas.

Y empezaron a llegar. El celeste y blanco dominó la calle. Y siguieron llegando. Era como estar en casa, un domingo de aquellos, a cancha llena. La horda siguió creciendo. Los hicieron sentir locales. Los cantos de siempre. Sólo faltaban los aromas a choripan y hamburguesas.

Miles y miles de compatriotas ahí en la puerta, delante de ellos, para decirles que no importa lo que digan, todos estamos con ellos. Que ellos son nosotros y nosotros somos ellos, sea en La Quiaca como en Moscú, sea en Ushuaia como en San Petersburgo. Sea en las buenas como en las malas, todos somos ARGENTINA.

Los bombos y los cantos dejaron claro el mensaje. Los gritos de aliento que les llegaron lo confirmaron. Hubieran querido que se quedarán para siempre. O hasta mañana. Pero la agenda seguía, y después de eso con más razón.

San Petersburgo no había visto nunca algo así. Esos son los argentinos. No los pocos inadaptados que llegaron con ellos. Esos miles y miles, unidos por el celeste y blanco al ritmo de un bombo, son los que mañana acompañarán el milagro.

La horda se aleja, la paz vuelve al bunker criollo, pero ya no es lo mismo: otras caras, otras miradas, otras sonrisas. Se miran unos a otros y asienten con la cabeza, en silencio. Fue a partir de ese momento que el ambiente empezó a latir. Definitivamente algo había cambiado: el ánimo estaba de regreso. Intacto.

La horda celeste y blanca se fue desparramando por las calles rusas ante los boquiabiertos anfitriones. Ellos volvieron al trabajo previo al encuentro. Todos, tanto unos como otros, sabían que mañana harían historia.

Mientras termino esto, el nudo en mi garganta se desata y no tardan en brotar mis lágrimas. No me avergüenza, me enorgullece. No es mi primera vez.

Norman Robson para Gualeguay21