Por el capo de la historia. La estancia entrerriana San Ambrosio abre las tranqueras para pasar tranquilos días rurales y viajar al pasado de la mano de huéspedes ilustres, como Marcelo T. de Alvear, Balbín y Frondizi

En las antiguas estancias transcurrió parte de nuestra historia y ese es, en algunos casos, el privilegio de realizar turismo rural: poder pispar en lugares antes reservados para unos pocos la idiosincrasia de una época, de un país.

 

Tal es el caso de la estancia-ícono San Ambrosio de Gualeguay, Entre Ríos, una casona de estilo español construida por Alejandro Christophersen, arquitecto del Palacio Anchorena y del Hospital de Niños, entre otros edificios. Los hermosos dibujos en acuarela del famoso constructor -que anticipaban los cuartos, las galerías y las aldabas- pueden verse en la biblioteca.

Para el diseño y la realización del parque llegó el alemán Guillermo Bötrich, ambos profesionales contratados por Emilio Mihura, abuelo de los actuales dueños, que recibió el campo en herencia del vasco Juan Bautista Mihura.

Bisabuelo de la actual administradora, Juana Mihura, Juan Bautista llegó de Navarra en 1840 para asentarse en esta zona. Junto con otros vascos desarrolló el primer saladero de carne vacuna en Puerto Ruiz, fundó 16 estancias y construyó el primer molino harinero de Nogoyá.

Hoy, los huéspedes llegan a un gran casco bien mantenido de dos pisos con cuartos con balcón y miradores al parque, mobiliario de época, terrazas y fotos antiguas de la familia Mihura. Hay una sola televisión y está en la torre más alta, la nueva sala de estar.

Juana recibe y atiende personalmente a los huéspedes. Vive a 200 m del casco, en lo que era un viejo puesto reciclado. De hecho San Ambrosio era un antiguo puesto de la estancia Las Colas sobre la ruta 11 cuando fue adquirido por el primer Mihura a principios del siglo XX.

La anfitriona siente un amor incondicional por la vida de campo que eligió: recuerda los veranos en que llegaba con su padre y su familia, así como sus tres tíos con sus respectivas familias. Y eran 25 niños felices que jugaban libremente. Se escondían en los recovecos de los árboles, jugaban al tenis, cabalgaban hasta el río durante todo el verano, hasta que comenzaban las clases.

Estilo presidencial

En el parque de árboles añosos se encuentra el cedro plateado plantado por el presidente Marcelo T. de Alvear. Se entregan planos con distintos caminos para hacer caminatas al río sin guía (tramos cortos y largos) para ver aguaribayes florecidos que "arden de abejas" como escribió J. L. Ortiz, plantas y pájaros, orillando el canto de la corriente, del agua.

Dentro del casco hasta los muebles cuentan historias, como el escritorio donde se firmó entre el 12 y 15 de enero de 1822 el Tratado del Cuadrilátero entre las provincias de Buenos Aires, Corrientes, Santa Fe y Entre Ríos, con el fin de instalar la paz y la defensa mutua de sus fronteras contra la amenaza de España y Portugal.

De hecho, muchas figuras políticas se alojaron en San Ambrosio. Entre las más contemporáneas, Ricardo Balbín, Arturo Frondizi, Miguel Zavala Ortiz, Carlos H. Perette, Alberto Garona, etc. Se dice que en esas tertulias sucedió la escisión del Partido Radical y años más tarde, la designación de Humberto Illia como candidato a presidente.

Por otra parte, cada vez más San Ambrosio se especializó en las salidas de pesca de la mano de Daniel Chiozza, alias el Mosca. El sinuoso río Gualeguay sigue su curso rodeado de playas de arenas blancas de las que cuelgan sauces y espinillos, entre otras especies de árboles. Para navegarlo se utilizan tres opciones: las piraguas, los lanchones o la lancha (desde Puerto Ruiz), para cuatro personas.

"Ahora que viene el tiempo lindo, por la tarde los huéspedes quieren hacer actividades con nosotros: pesca, caminatas, cabalgatas", cuenta Juana. Son pocos los que se manejan en forma independiente. Las cabalgatas recorren la estancia y los alrededores en dirección hacia el río, atravesando misteriosos bosques de talas, paraísos, ñandubay.

Zulema es la encargada de la cocina, y del menú con recetas nuevas y platos históricos como los vol au vent de espinaca y champiñón, soufflé de queso, perdices en escabeche, palmeritas con salsa golf, jamón y huevo mollet, lomo Strogonoff o huevos quimbos de postre.

San Ambrosio resulta un refugio para perderse para siempre en los caminos y ríos, y también en los aromas, los cuentos, las historias y los sabores de antaño.

Silvina Beccar Varela para La Nación