En toda contienda siempre hay uno que lo gana u otro que lo pierde, sin empates, ni concretos, ni técnicos. En esta elección PASO, hubo, al cabo de su desarrollo, los que la ganaron y los que la perdieron. Una mera cuestión de méritos, así a nivel nacional como a nivel provincial y, especialmente, a nivel local. Es una cuestión de apuestas y resultados: qué apostaron, a qué apostaron, y cómo les fue a cada uno de los verdaderos protagonistas.

La foto muestra un flamante semáforo ordenando el tráfico de una intransitable y, lógicamente, desierta, calle de tierra. Si bien es cierto que se trata del cruce con una ruta asfaltada, el distribuidor en esa arteria desolada sigue siendo innecesario, ostentoso, exagerado y ridículo. Esta realidad, difícil de encontrar en otra ciudad, por más rica que esa sea, delata la ausencia de rumbo, de un plan, de un sentido, y, lo que es más grave, desnuda el desinterés de sus autoridades por tenerlo.

En la actualidad, y desde hace un par de décadas, un universo de privaciones nos impone desde desnutrición e ignorancia hasta frustración y fracaso. Privaciones que excluyen a argentinos, de cualquier estrato social, de aprovechar las oportunidades que ofrece la vida para acceder a un bienestar digno y un merecido desarrollo. De este modo, la exclusión de hoy no solo significa no poder subsistir, sino que ya alcanza a no poder desarrollarnos. Sino, contemos cuántas veces por día escuchamos "no puedo", como queja o lamento.

La fantasía del hombre ha creado innumerables telenovelas de pobres que se vuelven ricos y de ricos que se vuelven pobres, y, en todas ellas, el mérito de unos y otros siempre fue el protagonista. En la historia de la humanidad, en las extremidades del globo, Japón y Argentina  interpretan dos historias contrapuestas en las que el merito es el único protagonista. Puestas ambas sobre la mesa, surge, inevitable, el desafío que enfrentamos los argentinos.

Los argentinos nacemos y, durante nuestros primeros pasos, inhibidos de pensar, vamos siendo obligados a elegir entre los distintos extremos de nuestra dicotomía folclórica, obteniendo finalmente un formato a partir del cual vamos adoptando diferentes poses según la moda que nos va imponiendo la propaganda de nuestro entorno. Así nos construyen nuestras simpatías, gustos, pasiones y pensamientos. Tan sólida es esta estructura que muy pocos logramos replanteárnosla. Es nuestra sagrada cultura de la dicotomía.

A lo largo de nuestra historia, nuestro romance con el poder ha sido más que conflictivo, con relaciones de tormentosa violencia, otras de pervertida sumisión, otras sadomasoquistas, y otras, simplemente, de indefinibles fundamentalismos, pero nuestro romance actual con el populismo es, por lejos, la más enfermiza de nuestras relaciones, combinando, en si misma, engaños y perverversiones, fanáticas obsesiones, adictivas o secuencias, e inverosímiles incoherencias.

Así como no hay economía que resista si todos gastan y nadie produce, no hay convivencia que sobreviva si todos tienen derechos y nadie tiene deberes. Dicho de otra forma, un balance armónico de la convivencia en las comunidades se mantiene gracias a una justo equilibrio entre los derechos a los que acceden los individuos y los deberes que cumplen. Pero hoy parece haber cada vez más derechos y siempre alguno sirve para no cumplir con algún deber, razón por la cual se impone la violencia en la convivencia.

Si bien muchas son las versiones al respecto, esta frase fue dicha por el dirigente radical Ricardo Balbín algún día de noviembre de 1972, luego de abrazarse con Juan Domingo Perón, recién regresado al país luego de su exilio, en el marco de la campaña de las elecciones presidenciales que ya se presentaban como una colosal derrota para el radicalismo. Curiosamente, la década siguiente sería una de las más sangrientas de la historia argentina, y aquello no fue más que un utópico deseo. ¿Qué pasó con aquel concepto político?

Días pasados, cuando nos visitó el Senador Nacional Martín Lousteau, se refirió a las urgencias de largo plazo que tiene la Argentina. Con estos términos, contradictorios entre sí, hizo alusión a aquellas decisiones políticas urgentes cuyo impacto recién se verán en el futuro, y que a ningún político le interesa tomar. Al escucharlo recordé las enseñanzas del viejo Eliahú a su amigo Hakím.

En el siglo XIX, la Argentina era el líder mundial en educación, imitada por los países que hoy son del primer mundo, a la vez que, por su producción de alimentos, era considerada el granero del mundo. Tan es así que, en 1910, la Enciclopedia Británica decía que la Argentina estaba llamada a "rivalizar" con los Estados Unidos "por la riqueza y extensión de su suelo, como por la actividad de sus habitantes, y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible". Pero hoy, de aquello nada queda. ¿Qué pasó?

Uno de los vicios políticos más costosos para los argentinos es la estrategia de dividir para reinar, en lugar de buscar un consenso que facilite soluciones y promueva el progreso. Lo hemos visto demasiadas veces a lo largo de nuestra historia. Lamentablemente, el gobierno entrerriano no es ajeno a esto y este recurso está naturalizado en su cultura política. El último de una larga lista de ejemplos se puede apreciar en su política turística frente a la pandemia. Pero esto no siempre sale bien.

Hoy, a pesar de la dolorosa y costosa crisis que atraviesa nuestra sociedad, tanto los gobiernos como su sociedad civil siguen buscando soluciones en palabras elocuentes, y no en acciones concretas, lo cual desnuda una realidad de aparente impotencia, pero de real incompetencia y absoluta falta de compromiso. Como en un conventillo, las fuerzas vivas apelan a la culpa, al reproche y a la excusa para sobrellevar una situación que los supera y los incomoda, sacándolos de su zona de confort, o de beneficio.

Sin lugar a dudas, a la hora de gobernar la pandemia han quedado expuestas y desnudas las costumbres más corruptas de los gobiernos. Tampoco hay dudas sobre que la cuarentena, y las medidas siguientes, al afecta a algunas actividades, también afectaron los negocios particulares de algunos políticos en el poder. Pero, se la venían aguantando bien. Hasta hoy, que abrieron los casinos, específicamente prohibidos en el DNU presidencial vigente, y dejaron claro que la timba tiene coronita.

Se trata de un vicio, no de una cultura política. Se trata de la miserable estrategia de ocultar la verdad y aprovecharse del desconocimiento y de la desinformación para justificar lo injustificable, cuando no es para encubrir delitos de corrupción. De una u otra manera, esto de esconder la realidad no es nuevo. Así como alguna vez el objetivo fue tapar la situación económica neutralizando el Indec, ahora decidieron tapar la desastrosa situación de la educación suspendiendo el Operativo Aprender.

De eso damos fe quienes llevamos adelante parte de nuestra tarea en pasillos públicos, incomodando a quienes ostentan algún cargo político. Hemos descubierto que la intolerancia no es exclusiva de un sector político, sino que es una miseria común entre quienes rechazan lo distinto o aquello que les es antipático, y que eso es fruto de falencias propias de quienes la profesan.

Es lo único que el hombre, a pesar de su ciencia, no puede impedir que lo condicione, o que lo limite. Es el único recurso que nadie puede comprar, ni robar, y, lo peor, es que nadie tiene la menor idea de cuánto tiene, aunque de él depende la vida. Sin embargo, nadie lo valora, ni lo defiende, y, casi siempre, lo termina perdiendo. Solo alcanzan a reconocer esto quienes perciben que se les está acabando. Sin lugar a dudas, es lo más valioso que tiene el hombre en su paso por este mundo.

A casi 15 meses del comienzo de la pandemia, aún impera la incertidumbre, y, quienes hemos tenido la responsabilidad de comunicar, no solo no podemos ser indiferentes a esto, sino que debemos reconocer nuesto fracaso. En todo este tiempo, a pesar de que se nos reconoció como fundamentales en la superación de esta crisis sin precedentes, no hemos podido saciar la desesperada demanda de conocimiento, ni nos hemos atrevido a enfrentar al Estado en sus desatinos.

El avance de la pandemia nos ha llevado a una situación en que, a cada gualeyo, no le alcanzan los dedos de una mano para contar los "irresponsables" conocidos que se contagiaron y zafaron, o que se enfermaron y la pasaron mal, o que se las vieron tan mal que murieron. Hoy, las autoridades ya pueden contarla como quieran, pero, al fin del día, lo que todos sabemos bien, en carne propia, es que esto avanza y nadie se hace cargo de darle una solución.

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