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Eran días lindos, de paz, donde cada uno atendiendo sus deberes y disfrutando sus derechos, conformes con el pasado construido, luchando por un presente digno, y felices de servir al futuro.

Días en que creíamos, porque así nos lo habían enseñado nuestros abuelos, y a ellos sus abuelos. Días en que, como creíamos, queríamos, como queríamos, hacíamos, y, como hacíamos, crecíamos. Es que el creer nos abría el mundo, la vida, el universo, provocándonos a querer, a querer hacer, y haciendo crecíamos.

Tan lindos eran aquellos días que, sin querer, sin darnos cuenta, acomodados en el bienestar logrado, en nuestra zona de confort, nos olvidamos de los abuelos y nos quedamos dormidos. Al despertarnos, todo había cambiado. Habíamos dejado de creer, y, por eso, empezamos, también, a dejar de querer, y, luego, a dejar de hacer y, por consiguiente, de crecer.

Los días lindos así se hicieron días de culpa, de furia, de odio. Días grises, días negros, que fecundaron el egoísmo y parieron la violencia entre nosotros mismos. Días en que ya no queríamos nada, ni creíamos en nada. Días de incertidumbre, días de escepticismo.

Así, en el fragor de la discordia, nos dimos cuenta de que, cuando dormidos, nos habían robado. Nos habían quitado todos nuestros valores, pero, lo más grave, fue que nos habían robado la verdad y, en su lugar, nos naturalizaron la mentira. Era por eso que ya no teníamos paz, luz, sentido. Sin la verdad nos habíamos vuelto ignorantes a la deriva, sin dignidad, sin horizonte. La mentira nos hundía en las miserias del caos.

Conscientes de esto, quisimos volver a creer, así, a querer, así, a hacer, y, así, a crecer. Pero, sin la verdad, nos fue imposible. No se puede creer a partir de la mentira, por más buena que digan que ella es. La verdad es la única base sólida sobre la cual podemos apoyarnos para salir. Todo es posible a partir de la verdad.

Por eso, nuestra realidad demanda, exige, valientes que se hagan cargo de la verdad, que la reconozcan, que la acepten, que la asuman, y, con ella, empiecen a detener y destruir la mentira. Solo los valientes podrán enfrentar la verdad y, a partir de ella, construir la salida hacia el volver a creer, el volver a querer, el volver a hacer, y el volver a crecer.

Hoy, acabado el imperio del escepticismo, es tiempo de valientes, de estoicos gladiadores sociales que acepten el faraónico desafío de recuperar la verdad, desterrar la mentira, y retomar nuestro camino de crecimiento. Por nuestros abuelos, por nuestros nietos.

Norman Robson