Creo que, en las últimas décadas, ya probamos todos los modelos, con dólar alto, con dólar bajo, con subsidios, sin subsidios... y cada día es más indiscutible la realidad de que solo se crece y se sale de la postergación trabajando, produciendo. Como que esa es la única salida.

Las variables económicas y financieras que nos ponen en la tele no son mágicas, sólo sirven para confundirnos. Éstas no pueden modificar la simple realidad de que dos más dos es cuatro y cuatro dividido dos es dos. Lo que hay es lo que hay y esas famosas variables no pueden cambiar eso, sino que lo disfrazan de una u otra manera.

Tan es así que, desde hace tiempo, nos vienen vendiendo recetas magistrales sobre cual es la mejor forma de repartir la torta entre el pueblo, cuando la verdad que nos esconden es que ya nos quedamos sin torta para repartir y que, lo que tenemos que hacer, es ponernos a reconstruir la torta, sin distraernos en vengarnos de los que se la comieron.

Frente a esta contundente realidad, la única fórmula conocida para salir de la pobreza y mejorar la calidad de vida es esforzándonos en transformar lo que hay, poniéndolo en valor. Eso es lo único que puede mejorar las ecuaciones económicas que determinan nuestra realidad. Para lograr esto, solo es preciso disponer de infraestructura y políticas públicas que la promuevan.

"Cada uno debe producir, por lo menos, lo que consume", dijo Perón hace casi 70 años. Nada más simple y sencillo. Si uno gasta más de lo que produce, los números no cierran y la quiebra es inevitable. Pero, a pesar de esto, en este país llevamos décadas consumiendo, gastando, cada uno en promedio, mucho más de lo que producimos, de lo que generamos en promedio. Así nunca saldremos del pozo.

Ahora bien, disponer un escenario nacional donde todos produzcamos más de lo que consumimos no es imposible, sino que demanda la consciencia política de que ese es la salida, para luego tomar la decisión política de encararla, incorporándola a la agenda política y trabajando en la implementación de políticas públicas que así la faciliten.

Pero eso no sería suficiente si en el territorio no se lo acompaña, también, con consciencia, decisión y políticas públicas, pero no en un marco escénico sino en lo concreto: la materialización de proyectos productivos. Es el territorio el verdadero protagonista del desarrollo, ya que es quien debe aprovechar el marco nacional de oportunidad para llevarlo adelante.

Eso sí, en el territorio nada se hace con elocuentes fotos ni con discursos seductores, sólo con políticas públicas que transformen en realidad las intenciones productivas, y mucho trabajo.

De ese modo, las comunidades podrán revertir sus balanzas comerciales y poner en valor su Producto Bruto individual, variables que, rápidamente, demostrarán que las políticas públicas vuelven al pueblo en términos de empleo, educación, salud, seguridad, justicia y calidad de vida, impulsando un círculo vicioso de desarrollo.

Si queremos, podemos entender el proceso político actual como un verdadero cambio, y, así, consolidarlo, pero para la gente no es suficiente. La sociedad exige ya una mejora de esta realidad de postergación, la cual solo vendrá de la mano de modernas políticas desarrollistas, de parte de gobiernos cuyas agendas estén comprometidas con el desarrollo integral de sus pueblos.

De nada sirven las calles asfaltadas con modernas luces, lindas plazas, nuevas casas, nuevas escuelas y centros de salud, en un pueblo sin empleo y sin producción, cautivo rehén de las migajas que el poder central de turno decida tirarle.

O sea, la única salida está en que el Estado propicie el desarrollo, pero también en que nosotros respondamos trabajando.

Norman Robson para Gualeguay21