Hay una realidad ya indiscutible: la mayoría de los gobiernos argentinos, a lo largo de los últimos 50 años, han gobernado sin un proyecto político, sino que improvisaron, e improvisan aún, según como se va presentando la coyuntura, con medidas de emergencia indiferentes a cualquier planeamiento estratégico.

Tan es así que han vivido continuamente detrás de las contingencias coyunturales propias de la ausencia de políticas públicas ciertas y, cuando la situación se los permitió, manotearon los recursos que había a mano y lo llevaron adelante con bombos y platillos, pero por afuera de cualquier proyecto o agenda.

En este contexto, las carteras de estos gobiernos nunca funcionaron según lo que hubieran pautado agendas políticas determinadas en el marco de estrategias, apuntando a los objetivos del proyecto político, sino que buscaron siempre entretener o distraer a la ciudadanía con acciones aisladas que imparten positivamente.

O sea, la mayoría de las gestiones de los gobiernos que mandaron y mandan en la Argentina lo han hecho improvisando y recurriendo a elocuentes fotos y discursos para que pareciera que gobernaban bien, aunque, en realidad, el país siguió estancado y postergado.

Ahora bien, puede haber muchas razones que justifiquen la ausencia de proyectos y agendas políticas en los gobiernos, pero ha habido siempre, en la gran mayoría, un vicio común: la ausencia de objetivos, ya que gobernar debe ser administrar persiguiendo objetivos, y no zafando la coyuntura.

¿Porqué nunca hubo objetivos?

Simple. Porque quienes accedieron a los gobiernos lo han hecho sin un proyecto real, sino que conquistaron el poder solo con promesas demagógicas y populistas que luego se diluyeron en el tiempo.

De los 70s para acá ninguno ha bosquejado jamás un proyecto político para su gestión en el que haya trazado estrategias que le permitieran los logros prometidos en campaña, y, durante su gobierno, solo se concentraron en el desafío diario buscando sostenerse en el tiempo.

De todas maneras, esto no significa que solo haya imperado un absoluto interés por lucrar desde el poder, y no por gobernar, sino que, también, existieron y existen casos, especialmente en el presente, en que la ignorancia política los ha llevado a no proyectar sus gestiones.

Igualmente, a unos y otros siempre los caracterizó la ausencia de formación ideológica, ni siquiera una fiel al sello político por el cual accedieron al poder, sino que siempre respondieron a intereses arbitrarios, legítimos o no, aunque siempre primó el interés por conservar el poder con pretensiones ilegítimas.

Vale señalar que, desde hace décadas, en este país, las ideologías se erradicaron de las instituciones políticas dándole espacio a una clase dirigente improvisada que, en su afán de ser parte del poder, y beneficiarse, terminó naturalizando sus perversiones para perpetuarse en las posiciones accedidas.

Como los gobiernos se nutrieron siempre de esas instituciones, estos vicios los contaminaron inmediatamente, al punto de que hoy la improvisación, el interés personal y la ausencia ideológica están enquistados en el poder, tanto de un lado como del otro.

Del mismo modo, es válido señalar que los auto proclamados nuevos políticos que hoy llegaron al poder, los cuales fueron testigos de gobiernos "exitosos" que no profesaron ideología alguna, hoy descreen o desprecian todo esto.

Ahora bien, frente a esta realidad, es preciso que la sociedad entienda que, para gobernarnos, nuestros gobernantes deben tener objetivos políticos, los que surgen exclusivamente de un proyecto político y de su agenda, y que, para conformar estos debe tener claro qué quiere para su territorio, lo cual solo surge de su formación ideológica. En nuestra ideología está lo que queremos.

En otras palabras, debemos comprender que, sin ideología, es imposible plantear objetivos y estrategias, confeccionar un proyecto político válido, y ejecutarlo satisfactoriamente de acuerdo a lo planteado.

Es por todo esto que, consumado el cambio, la sociedad debe reaccionar imponiéndole al cambio la mejora, para lo cual deberá exigir la restauración de las ideologías al frente de las propuestas políticas.

Solo la resurrección de las ideologias nos permitirá desarrollarnos hacia la Argentina que todos soñamos.

Norman Robson para Gualeguay21