Los pueblos van entendiendo que llegó la hora de imponer las obligaciones por sobre los derechos, y saben que no va a ser a voluntad, sino que va a ser coartando libertades para terminar con el libertinaje instalado por los populismos.

Los pueblos no se equivocan, sino que reparan su equivocación, pues, si no la reparan, desaparecen. Hoy los pueblos le están diciendo basta al desgobierno, a la improvisación, al discurso hueco de políticas. Basta a la violencia y a la incertidumbre como herramientas de sometimiento para promover la corrupción.

Los pueblos quieren que lo que es vuelva a ser como era, que el bien vuelva por sobre el mal, lo justo por sobre lo injusto, la paz por sobre la violencia, el orden por sobre el desorden, el crecimiento por sobre la postergación, la verdad por sobre la mentira.

Los Trump, Macri y, ahora, Borsonaro no son extraterrestres que descendieron del olimpo para dominar el mundo. Son solo productos de los pueblos en respuesta a escenarios comunes. No son abortos políticos que caprichosamente surgieron de la nada. Son reacciones de la sociedad que corresponden a acciones de su pasado.

Pero, claro, acá nadie se hace cargo, así como tampoco nos hicimos cargo en los setentas cuando el propio pueblo impuso la dictadura en respuesta a la violencia, a la incertidumbre, al caos. Entre aquellos tiempos y éstos pasó mucha agua bajo el puente, pero la esencia cultural sigue siendo la misma.

Los pueblos vieron en estos nuevos personajes sus mesías del orden, de la paz, del desarrollo. Vieron apóstoles de una nueva política, vieron verdugos de la mediocridad del pasado.

No nos confundamos al interpretar a los pueblos, tengamos la sabiduría y la grandeza de comprender los escenarios y sumarnos a ese eslogan que hoy se impone: Hacer lo que hay que hacer. Eso, precisamente, es lo que los pueblos quieren: que se haga lo que hay que hacer con el desempleo, la inseguridad, la drogas, la educación, etcétera.

Quieren políticos de acción y no de discursos, de proyectos y no de cuentos, de agendas y no de improvisaciones, quieren políticos que, aunque se equivoquen y retrocedan, sigan avanzando en busca de ese camino que lleva a donde esos pueblos quieren ir: el desarrollo integral común.

Hoy es ridículo hablar de Bolsonaro desde las inexistentes derecha e izquierda, desde las convenientes poses coyunturales, es ridículo hablar de un anticristo, de un antipolítico, de una aberración contranatura producto de la casualidad. Eso es de ignorantes.

El desafío de los pueblos hoy es, desde estos nuevos gobiernos, asumir el compromiso de participar en busca de la restauración cualitativa de la política, de modo de cortar con los ciclos, de dejar de oscilar entre los extremos del péndulo, para así adoptar un rumbo cierto, cumplible y sustentable, que no dependa de caprichos coyunturales.

Sea como sea, o como vaya a ser, lo cierto es que los pueblos pegaron el volantazo hacia otro lado, y lo hicieron a su leal y legítimo entender, así que no hay que  resistirse. Respetemos, aceptemos, comprendamos y sumémonos a ese cambio que no es un tip político, sino una decisión de los pueblos.

Un ejemplo de no entender todo esto es Venezuela.

Norman Robson para Gualeguay21