Las hormigas son famosas por su envidiable organización social, pero si, algún día, ellas rompieran su estructura comunitaria y cada una hiciera la suya, se extinguirían. El ser humano no es muy distinto, pero hoy lo amenaza su necio egoísmo.

Tanto la hormiga como el humano son seres que, por su naturaleza cultural, viven y se desarrollan en comunidades, colonias, la primera en un esquema básico de reinas y obreras, mientras que el segundo, más complejo, tiene al matrimonio como base de la familia y a ésta como unidad social.

Por su naturaleza, el humano, al madurar, debe buscar una pareja del sexo opuesto para asociarse, fundar su familia y, a partir de ésta, procrear hijos, y formarlos según manda su cultura, hasta que maduren y hagan lo propio iniciando una nueva generación.

Eso no es una costumbre, moda, o construcción social, sino que es el rol natural de la especie, con deberes y derechos que deben cumplirse primero como hijos, luego como individuos, y, finalmente, asociados con el género opuesto para fundar una familia, siempre respetando los tiempos.

En el marco de esta sociedad, donde, primordialmente, uno de cada género conviene proteger y potenciar al otro y a los hijos que resulten de su unión, madre y padre están comprometidos con responsabilidades compartidas pero con roles particulares que son exclusivos de cada uno.

Del mismo modo, hasta lograr su independencia, los hijos, mientras sean menores, por estar en proceso de formación, también tienen sus compromisos y roles, bajo la estricta e ineludible supervisión de ambos padres.

Llevar adelante esta sociedad matrimonial familiar, salvo las excepciones del caso, es la misión ineludible del ser humano, sobre quien pesa la continuidad de la especie en general, de su cultura en particular, y de su clan en especial, sin que ello implique intolerancia alguna hacia quienes no pueden cumplir con esta misión.

Para poder cumplir satisfactoriamente con esta misión, en este modelo natural, se debe elegir la pareja en plena consciencia del compromiso que se asume, y procrear con ésta una cantidad responsable de hijos, y, de mediar cualquier contingencia, deben priorizar siempre los roles y las responsabilidades tanto parentales como filiales.

Lamentablemente, de alguna forma, el diablo metió la cola e hizo que el ser humano, por necio egoísmo y en nombre de derechos sin deberes, desconozca su misión, reniegue de su rol, olvide sus responsabilidades, pierda el respeto por su familia, y traicione a su clan, todo poniendo en serio riesgo la evolución de su propia especie.

De ese modo, hoy se ve pervertida y degradada, sino eliminada, la familia como unidad social, mientras que se han naturalizado los divorcios, las estructuras monoparentales y anormales, el descontrol de los hijos, el sexo precoz, el embarazo infantil, los abortos, y el desprecio por la vida, imperando un caos donde cada uno hace la suya y sálvese quien pueda.

Se impuso un modelo donde los padres están el mayor tiempo ausentes, delegando en agentes formativos, quienes, en lugar de formar, eligen adoctrinar según sus pareceres, cuando no pervertir, en la absoluta ausencia del Estado.

Un modelo donde ni la escuela, ni la iglesia, ni el club, asumen o advierten la gravedad de este proceso de degradación social, ni hacen nada al respecto, pero si lo hacen, rasgándose las vestiduras, sobre la degradación del planeta, el cuál, de no hacer nada, estará superpoblado y desquiciado.

Tan es así que enseñamos logaritmos y derivadas, la biología de la ameba y la historia del Peloponeso, pero no enseñamos a pensar, ni a sentir, mucho menos a vivir de forma sana y sustentable.

En este contexto, lo que era un proceso de formación cultural evolutiva, donde los mayores trasladaban su cultura a sus sucesores, se convirtió en un proceso de deformación, donde se van perdiendo para siempre los valores que hacen a la identidad, facilitan una pacífica convivencia y promueven el desarrollo integral de los individuos y sus sociedades.

En su lugar, se impuso la arbitraria voluntad particular, priorizando derechos por sobre obligaciones, y, ante los indiferentes ojos del Estado, la evolución de la sociedad perdió el rumbo.

Como producto de este capricho y este desconcierto, se impuso un cuadro de inevitable violencia, donde unos se enfrentan con otros disputando espacios o tiempos, nutriendo el caos, y sepultando los valores y las instituciones que siempre le dieron un sentido a la sociedad.

La desaparición de las armonías y equilibrios sostenidos por la sociedad haciendo base en la familia hoy nos condena, de forma cada vez más irreversible, a un futuro, no de tormentas solares ni de diluvios ácidos, sino de nuevos simios degradados por sus propios instintos. Una caricatura del Planeta de los Simios que vimos en la tele.

Más allá de cualquier exageración, acá no se trata de aquella típica queja de que "todo tiempo pasado fue mejor", ni de un mero contrapunto generacional, sino de una realidad en la que está en juego la propia vida.

Por todo esto, nuestro verdadero desafío es tomar consciencia de esta situación, contagiarla, y ponerla sobre las mesas de discusión, para luchar por restablecer un ordenamiento social y político que apunte a restaurar los valores e instituciones y, así, retomar el rumbo correcto.

Mientras sigamos mirándonos el ombligo, atendiendo las consecuencias sin hacer nada por resolver las causas, estaremos amenazados por un oscuro futuro.

Norman Robson para Gualeguay21