Cuando, en el día a día, uno se encuentra demasiadas veces con excusas de unos y otros que justifican algún derecho a no hacer lo que hay que hacer, o a que las cosas no sean lo que deben ser, y ve que otras sociedades no adolecen de esas excusas, hay algo que anda mal.

Si bien siempre existió, hoy, la excusa está tan incorporada en nuestra rutina diaria que conformamos una sociedad de impotentes. Basta contar las veces que escuchamos que alguien dice o piensa que no puede hacer algo, o las veces que nosotros mismos aludimos a alguna razón para no poder hacer algo.

Después de completar esta simple suma, concluiremos que es cierto: somos una sociedad de incapaces. Pero no incapaces físicos o intelectuales, sino incapaces por opción, por elección propia, sea por comodidad o facilidad. O sea, somos una gran masa heterogénea de discapacitados emocionales que hemos incorporado la excusa a nuestra cultura.

Ahora bien, la gravedad de esta dolencia social depende de su alcance, de hasta donde llegamos con nuestras excusas. He aquí el problema. Hoy, la excusa trasciende las nimiedades de la vida diaria hacia las decisiones vitales para una sociedad, y, para ello, se aprovecha del amplio abanico de derechos que nos asisten. Es, precisamente, allí donde la excusa muta en algo nocivo, corrosivo, dañino para nosotros mismos.

Si no lo creen, observemos que nuestras impotencias e incapacidades son las que patrocinan, consienten y potencian el caótico desorden general que sufrimos día a día. Tanto que, en beneficio del despelote, para cada ámbito de nuestra vida desplegamos diferentes y específicas excusas, cada una genialmente diseñada para cada ocasión fundándola en algún derecho.

¿No les alcanza? Entonces hagamos este otro ejercicio: contemos todo lo que habrían hecho esos que tuvieron excusas para no hacerlo, y sumémosle todo lo que habríamos hecho nosotros sin las excusas que tuvimos para no hacerlo.

Este último ejercicio nos demuestra que, si no tuviéramos el enorme abanico de excusas que tenemos, seríamos iguales a los paises del primer mundo. ¡De lo que nos salvamos!

O sea, logramos colocarnos al tope del ranking mundial de sociedades constructoras de excusas, curiosamente, el mismo puesto que ostentamos en el ranking de las sociedades que más desperdician su potencial patrimonial. Patético.

No es para menos. Hoy, desde chiquitos, gracias a nuestro perverso sistema educativo, y al maquiavélico acompañamiento televisivo, nos formamos en la genial construcción de excusas, explotando, con especial sabiduría, todo el espectro de derechos que puedan asistirnos, y, por supuesto, olvidando cualquier deber que nos pueda ser inconveniente. Lamentable.

Hoy, nos capacitamos en esgrimir precisas e indiscutibles excusas para no cumplir con nuestras obligaciones, para dejar de respetar las instituciones y sus normas, y para desacreditar cualquier autoridad, a la vez que, utilizando las mismas excusas, legitimamos nuestros incumplimientos, violaciones y transgresiones. Vergonzoso.

Gracias a todo esto, como sociedad, nos sumimos en una necia recesión evolutiva, postergados en todo proceso de crecimiento, y relegados al infradesarrollo general, pero enormemente felices de ser una de las sociedades más defensoras de los derechos del hombre.

No solo tenemos excusas para no trabajar, o para no asistir a la escuela, sino que, también, tenemos excusas para pasar un semáforo en rojo, para cortar el tránsito, para romper bienes ajenos, y hasta para golpear y matar a alguien, todo en nombre de algún legítimo derecho, que, segura y convenientemente, anula una o más obligaciones.

Hoy, en nuestro país, la cultura de la excusa es un grave flagelo que, amparándose en una falso marco de derechos, impide cualquier pretensión de desarrollo, razón por la cual, en la medida que no deroguemos las excusas de nuestra vida, estaremos condenados al fracaso.

Norman Robson para Gualeguay21