A veces podemos soñar con lo que llamamos “mi lugar en el mundo”. Tal vez unos coincidan en la geografía, aunque seguramente esto está más ligado a las experiencias personales de cada uno. La montaña, la llanura, un lago, el río, el desierto…

Pero no solo imaginamos el dónde, sino sobre todo el cómo y con quiénes. Hay un pasaje del profeta Isaías que a mí me ayuda a pintar el cómo de ese lugar: “El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en compañía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey. El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el niño apenas destetado. No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada. Aquel día, el Señor alzará otra vez su mano para rescatar al resto de su pueblo, a los que hayan quedado de Asiria y de Egipto, de Patrós, de Cus, de Elám, de Senaar, de Jamat y de las costas del mar”. (Is 11, 6-9)

Esta paz que el profeta avizora en los tiempos mesiánicos se construye desde ahora. Me puse a pensar que me gustaría hacer allí una Capilla para la gente de ese lugar. Pero caí en la cuenta de que ese lugar mismo es Templo del Espíritu. Un autor escribió hace unas décadas “paraíso es el mundo que se forma en torno a la persona que ama” (Romano Guardini). Y es así.

Si miramos la vida de los santos, a ellos les ha tocado experimentar desprecio, chatura, pecados, peleas, divisiones. Sin embargo han logrado con el testimonio de su vida promover gestos de reconciliación y paz, y un mundo mejor alrededor.

Pienso en nuestras comunidades concretas. Lejos estamos de habitar en paz lobos y corderos, leopardos y cabritos. Más bien nos llevamos como perros y gatos, y nos cuesta dejar de lado susceptibilidades y celos. Incluso llegamos a sacarnos el cuero y hablar mal por atrás.

La Iglesia debe ser un espacio en el cual afianzar la comunión para fortalecer la misión.

Jesús nos convoca.

Él nos llama a cada uno para ser miembros de su familia.

Si queremos un mundo ideal, comencemos vos y yo por los que nos rodean a fortalecer los vínculos fraternos. Nuestro destino es el cielo. Empecemos a vivirlo.

En las vacaciones podemos buscar esos lugares que nos distienden: montaña, arroyo, una plaza, un bosque. Familia, amigos, unos mates y disfrutar de los afectos. Rezar, pedir a Dios nos ayude a llevarnos mejor con quienes nos cuesta entendernos.

Como expresa el poeta sanjuanino Jorge Leónidas Escudero: “Pongámonos bien la vida que nos pusimos al revés (…)/ Pues así como estamos se han desequilibrado los bancos de la plaza,/ y si no intervenimos, ¿adónde va a ir la gente a tomar aire?” (fragmento del poema “A otra cosa”).

Aprovechemos y miremos para adelante con un corazón pacificado y comprometido con los demás.

Es oportunidad para realizar algunos propósitos bien concretos. Acompañar a quienes sufren. Visitar algún familiar, vecino o amigo enfermos. Ellos también están convocados a la fiesta de la vida.

Hace unos pocos días con unos amigos estuvimos observando (casi contemplando) un cuadro muy bello. Decíamos que el artista tenía en su paleta los colores y texturas, en su taller los pinceles y diversos elementos, pero cualquiera de nosotros no hubiéramos logrado esa obra de arte. La inspiración, genialidad y pericia del artista es no sólo irreemplazable sino única.

En el mundo nuevo al que Dios nos convoca no podemos aplicar lo mismo con modo de analogía. Nosotros no somos elementos inanimados que Él coloca para su gran obra. Dios cuenta con nuestra libertad (sanada por su gracia) y con el amor que habita en nuestros corazones (que nos hace semejanza suya y coautores del mundo nuevo). San Agustín expresaba “El que te creó sin ti no te salvará sin ti”.

Comienza esta semana un acontecimiento a nivel global que te aconsejo seguir de cerca: la “Jornada Mundial de la Juventud”. De los lugares más conocidos y desde los que nunca habíamos escuchado, muchachos y chicas viajarán hacia Panamá para compartir la alegría de la fe y la certeza del amor de Dios. Lamentablemente el contingente de San Juan que se había preparado no podrá participar debido a las dificultades de incumplimiento que se hicieron públicas hace un tiempo. El lema de la JMJ Panamá 2019 es una frase del Evangelio de San Lucas: “He aquí la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra”. La Virgen María al escuchar el anuncio del Ángel Gabriel responde así con su disponibilidad total a la voluntad de Dios. El lema recoge la figura joven de María, y la vocación, en el contexto del Sínodo de los Jóvenes celebrado en Roma en octubre pasado. El Papa Francisco nos enseñará a todos, jóvenes y adultos del mundo entero, con sus gestos y sus palabras. Acompañemos con nuestra oración.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social