En estos tiempos modernos, el éxito se ha convertido en un monstruo que ha invadido toda la sociedad, potenciando miserias, destruyendo valores, y haciendo de las competencias descarnados enfrentamientos, sin méritos, ni créditos formativos.

Hoy en día, el triunfalismo, el fanatismo, el egoísmo y la ambición desmedida dominan la escena de las competencias, poniendo el éxito económico por arriba de cualquier otro valor, y pervirtiendo así la esencia de las mismas.

Si alguien en la antiguedad inventó las competencias, sin lugar a dudas, fue para forjar hombres para la vida, formándolos en valores éticos y morales. Es que en el desarrollo humano, la competencia y el éxito sintetizan la vida misma, concibiendo a ésta como una disputa donde los contrincantes son la naturaleza, el destino y el tiempo, y el triunfo el alcance de los objetivos personales.

Pero, hoy, el éxito se circunscribe al bienestar económico, y ésto ha neutralizado los beneficios de la sana competencia, convirtiendo a ésta en algo impiadoso, inexcrupuloso y descarnado, donde cualquier costo justifica el éxito, y éste dejó de ser la superación del otro, para ser la destrucción del otro.

De este modo, la competencia dejó de ser un argumento formativo para ser un medio por el cual se puede alcanzar el triunfo, la fama y el dinero, los tres ingredientes del éxito moderno. Hoy, la competencia está vista más como un pasaporte al bienestar económico que como una actividad formativa de hombres y mujeres útiles para la sociedad.

En definitiva, la competencia moderna, netamente exitista, ha dado por tierra con la valiosa contribución formativa que tenía ésta en el pasado, poniendo en valor a hombres y mujeres. Ahora produce competidores libres de valores éticos o morales que puedan afectar su productividad.

Ahora bien, más allá de esta patética realidad, lo que todos olvidaron es que, en absolutamente todas las disciplinas, la verdadera competencia sigue siendo uno con uno mismo, mientras que el éxito genuino sigue siendo superarse a uno mismo.

Esto no es un capricho moral o ético, sino que resulta de reconocer que un resultado, sea victoria o derrota, no depende solamente de uno mismo, sino de quien el destino, o la suerte, puso enfrente, mientras que, a la hora de valorar su desempeño, cada uno es testigo fiel de su performance particular.

En otras palabras, y subjetividades aparte, lo cierto es que una victoria no responde a un mérito, sino a una diferencia, mientras que la superación personal sí o sí significa un mérito, ya que el individuo es el mismo.

O sea que, mientras que antes dirigentes y protagonistas bregaban por poner en valor a la sociedad con mejores hombres y mujeres, planteando la superación personal como el desafío central, hoy unos y otros se pelean por lograr una mejor performance económica, con cada vez peores competidores.

¿Todo para que? Para que uno en miles logre el éxito, y los demás se queden mirando desde la frustración. Ni méritos, ni créditos, ni futuro.

Norman Robson para Gualeguay21