La picardía al servicio de la política siempre a dado sus frutos, sino pregúntenle al peronismo. Pero no por esto el recurso es algo ilícito, sino que es válido y necesario. Es naif creer que la política es un fairplay entre caballeros.

La mitad más uno de los entrerrianos decidió, en 2015, darle el poder central a Macri y el provincial a Bordet, del kirchnerismo. En Gualeguay, Bogdan, gracias al peronismo tradicional, lo logró algo más cómodo. Hoy, cuatro años después, con el país atravesado por una profunda crisis económica, el escenario no es el mismo, ni para unos, ni para otros.

Es cierto que, en el territorio, las comunas han hecho obras. También es cierto que la gestión de los referentes ha sido intachable. Nadie duda que son buenas personas, ni duda de sus buenas intenciones, pero creer que eso basta para arrasar con las urnas en este contexto es de extrema inocencia. Eso es lo naif.

Uno de los problemas de estos caballeros de Cambiemos es que creen que el pueblo solo ve lo que ellos entienden que debe ver, pero lo cierto es que el pueblo ve lo que le muestran todos, con o sin intención.

El pueblo se nutre de percepciones y la responsabilidad de los políticos de bien es asegurarse que perciban lo cierto y evitar que sean convencidos de lo falso.

En este oficio, el peronismo ha demostrado en el pasado que es un especialista. Gracias a eso, se ha reinventado desde sus cenizas y se ha comido crudos a sus contrincantes, por más caballerosos que hayan sido.

El peronismo, y mucho más su versión corrupta, el kirchnerismo, no tiene escrúpulos ni piedades a la hora de mentir, exagerar, pervertir o tergiversar la realidad y venderla como la más pura de las revelaciones. Y siempre se la han comprado.

Como si esto fuera poco, el peronismo entrerriano está desesperado por recuperar el poder, realmente desesperado, y, en esta oportunidad, no escatimará recursos para reconquistar a la sociedad, la cual, para peor, aún tiene naturalizado íntimamente todo lo malo del pasado.

Entonces, en una provincia compartida a partes iguales, con el lastre de la política nacional, con Concordia y Paraná comprometidos, y con los antecedentes del peronismo, si Cambiemos quiere dárselas de elegantes caballeros naif montados en un caballo de telgopor, jugando al fairplay, y creerse que le sobra con haber sido buenos pibes, estamos todos al horno.

No es distinto en Gualeguay, donde el peronismo, nuevamente, igual que en el 2015, va dividido entre buenos y malos. Aquella vez perdieron los buenos y le dieron el voto al cambio, pero, esta vez, todo está a favor de los peronistas buenos, y los malos nunca le darán sus votos a Bogdan.

Acá, subirse también al caballo del caballero naif y creer que haber sido buenito, y haber traído obras, sobra para que los reelijan, también es neciamente infantil. Los otros no son mancos ni bobos, saben que pueden hacer, y no titubearán en hacerlo si les suma votos.

Y, como si esto fuera poco, en Gualeguay, la propuesta oficial está visiblemente dividida, entre pros y radicales. Todo por un capricho, y sin que a nadie le importe el costo que éste pueda tener para el proyecto político o para los propios gualeyos.

En el seno mismo del Cambiemos oficial, una interna por la banca de senador divide a radicales y a macristas, quienes no dudan en proyectar esto a la sociedad, sin medir los costos que esto implica. Claro, la elección, para ellos, está ganada. Esto también sabrán aprovecharlo los peronistas.

Por lo tanto, el triunfalismo naif de los elegantes caballeros de Cambiemos al mostrarse y creerse ganadores, y no recurrir a todas las picardías disponibles, resulta antipáticamente peligroso. Todo esto, agravado por las mezquinas internas, invita al estruendoso fracaso, el cual, tal vez, en nada los afecte a ellos, pero sí afectará al pueblo que en ellos confió, devolviéndolos al infierno del pasado. "La culpa es de ellos", seguramente dirán desde sus cómodas zonas de confort.

Norman Robson para Gualeguay21