Hay experiencias personales que pueden marcarnos en lo más profundo del corazón. Por ejemplo cuando la vida de uno mismo o de alguien que amamos está en manos de otro. Pensar que alguna persona —conocida o no— puede provocar con su decisión que yo muera o viva. Una experiencia de debilidad, despojo, pequeñez.

El relato evangélico de la mujer sorprendida en adulterio tiene esta carga de incertidumbre e impotencia. Podemos decir que su vida tenía los minutos contados, y ella lo sabía. Te propongo que leas el Evangelio de San Juan 8, 1-11. Por más que lo hayamos escuchado varias veces, seguramente vas a encontrar aspectos nuevos.

Dejemos que la imaginación nos ayude a entrar en la escena. Jesús hablando con unos pocos discípulos en la plaza, los gritos de otro grupo que se van acercando, la polvareda que levantan las pisadas, los gestos y miradas acusadores que se dirigen a una mujer con los cabellos desordenados, la túnica y unas ropas a medio vestir arrastradas por el suelo.

La mujer sorprendida en adulterio es colocada en el medio. Según sus acusadores, que invocan la ley, debe ser castigada recibiendo pedradas hasta morir.  

El griterío esconde los deseos más bajos en los corazones de los que se constituyeron en jueces, moralizadores, supuestos garantes de vaya a saber qué. Piden castigos ejemplares para que no vuelva a suceder. ¿Y el varón? ¿No eran dos los sorprendidos?

Ella calla. ¿Qué puede decir? Sabe que a nadie le interesa escucharla. Su vida, como te decía, tiene los minutos contados. ¿Sólo un milagro podrá salvarla? ¿Y Jesús? Él permanece en paz y no se engancha con los gritos, las acusaciones, las críticas a la mujer. Ante las preguntas insistentes, Jesús se pone de pie y se hace silencio. ¿Esperarían un discurso largo? ¿Un sí o un no? Sólo una frase contundente: “Aquel de ustedes que no tenga pecado que le tire la primera piedra”. Y se volvió a sentar.

Y todos se empezaron a retirar.

Quedaron frente a frente la mujer y Jesús. Los demás solamente veían en ella pecado y perdición. Tal vez sus amigos o familiares le habrían aconsejado un cambio de vida, pero sin tocar sus fibras más íntimas. La mirada de Jesús que expresa ternura y amor infinitos, sacan lo mejor de aquel corazón todavía convulsionado por los gritos y el miedo.

Estamos llegando al final de la Cuaresma. Dejate mirar por Jesús, encontrar por Él, y que te muestre, en medio de las miserias y pecados que todos tenemos, cómo es posible que brille la santidad a la cual somos llamados.

El martes pasado, 2 de abril, tuvimos una experiencia hermosa de Asamblea Diocesana, con participación activa y alegre de representantes de comunidades de todos los departamentos, todas las vocaciones y los diversos carismas que nos enriquecen en la misión que tenemos de ser “un Pueblo que camina, anuncia y sirve”. Ese día fue el aniversario de la muerte de San Juan Pablo II, y un momento para hacer memoria de los que murieron a causa de la guerra por las islas Malvinas.

En Roma, el Papa publicó y presentó la nueva Exhortación Apostólica sobre los jóvenes titulada “Cristo vive”. Es un hermoso texto que transmite esperanza, gozo y orientaciones concretas para la vida de la Iglesia. Te transcribo unos pocos párrafos:

“Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero di­rigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!” (1)

“Una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen, pier­de la juventud y se convierte en un museo. ¿Cómo podrá acoger de esa manera los sueños de los jóvenes? Aunque tenga la verdad del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la comprensión de ese tesoro inagotable.” (41)

“Pero te recuerdo que no serás santo y ple­no copiando a otros. Ni siquiera imitar a los santos significa copiar su forma de ser y de vivir la santidad: «Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros». Tú tie­nes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia.” (162)

“Cualquier proyecto formativo, cualquier camino de crecimiento para los jóvenes, debe in­cluir ciertamente una formación doctrinal y moral. Es igualmente importante que esté centrado en dos grandes ejes: uno es la profundización del kerygma, la experiencia fundante del encuentro con Dios a través de Cristo muerto y resucitado. El otro es el crecimiento en el amor fraterno, en la vida comuni­taria, en el servicio.” (213)

“La comunidad tiene un rol muy impor­tante en el acompañamiento de los jóvenes, y es la comunidad entera la que debe sentirse responsable de acogerlos, motivarlos, alentarlos y estimularlos. Esto implica que se mire a los jóvenes con com­prensión, valoración y afecto, y no que se los juzgue permanentemente o se les exija una perfección que no responde a su edad.” (243)

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social