Lejos han quedado aquellas épocas en que el padre presidia la mesa familiar y era sinónimo de orden y autoridad. Lejos quedó aquel ícono rector de la familia. Hoy, aquella figura, apenas una sombra incómoda de lo que fuera, ha sido condenada a un deshonroso destierro.

Bueno. Lejos quedó, también, la familia, tal cual la aprendió nuestra generación. En algún momento, un egoísta huracán de derechos se llevó puesto todo. Entre lo arrasado, se perdieron los derechos de los padres a ser padres y, con estos, los de los hijos a tener un padre. Tan es así que, hoy, ser hombre es casi un pecado. Así quedó sintetizado el rol del padre a un mero proveedor de semen y/o dinero.

Si bien quedan familias sobreviviendo a esta realidad, digna y estoicamente indiferentes a este proceso, cada vez son menos, mientras de impone un matriarcado sin autoridad, ni, mucho menos, algo de orden.

Malo y culpable por naturaleza, al padre se lo expulsó del seno familiar y se lo etiquetó, cuando no escrachó, como principal responsable de todo lo nefasto desde las siete plagas de Egipto hasta nuestros días. Del mismo modo, también, arbitrariamente, lo despojaron de todos los atributos que lo hacían padre, digno de respeto, agente educador, y guía honesta, junto a la madre, de los destinos de la familia.

Así lo acordó el feminismo, lo reglamentó la legislatura, lo ejecutó la justicia, lo naturalizó la televisión, y lo consolidó el silencio cómplice de toda una sociedad. Embanderadas en un fundamentalismo antipatriarcal, las mujeres, con el apoyo de hombres y otros géneros, de leyes y fallos, y del cholulismo ilustrado, embistieron contra el hombre como tal y dinamitaron la ya desvencijada familia.

De esta manera, los valores fueron reemplazados por derechos, y la formación e integridad reemplazada por el amor maternal, pleno en caricias, abrazos y consentimientos, lejos del rigor formativo impuesto por la imagen paternal, ahora llamada patriarcal.

Gracias a este proceso, el orden autoritario paternal fue erradicado de los hogares, reemplazado por la felicidad del caos y la anarquía que propone el nuevo matriarcado, la cual le abre las puertas, de par en par, a la promiscuidad, a las adicciones, al libertinaje, a la amoralidad.

Así, hoy, el padre está condenado a un rincón del purgatorio, con culpas endosadas por capricho, a santo de algún antojo, desde donde mira, impotente, el derrumbe de lo que nunca le dejaron construir. Un rincón del que, por ley, solo con plata puede salir y, a veces, solo a veces, poder comprar algo de su propio derecho.

Desde ese rincón, los padres de antes sufren ese amor de antes, ese amor de hacer el bien al otro y no a uno mismo, a la vez que rezan porque algún día se restauren sus derechos, se recuperen los valores, se restablezca la familia, y resucite la justicia.

Norman Robson para Gualeguay21