Hemos concluido los días de Visita ad Limina en Roma. Una experiencia poco frecuente (la última fue hace 10 años con el Papa Benedicto XVI), y por lo mismo con características peculiares en cada ocasión.

Hubo cuatro aspectos importantes: las reuniones, la espiritualidad, la fraternidad y el Encuentro con Francisco.

En una semana tuvimos reuniones con más de 15 organismos y comisiones del Vaticano que le ayudan al Papa en el gobierno de la Iglesia en todo el mundo. Para ello tuvimos que presentar en noviembre pasado un amplio informe acerca de la actividad que desarrollamos en cada Diócesis. Pudimos realizar consultas, mantener diálogos abiertos acerca de los desafíos e inquietudes que queríamos plantear. En general estas reuniones duraron entre una hora y media o dos. Es importante para cada obispo no solamente ver qué podemos mejorar o cambiar, sino también tomar conciencia de aquellas actividades o ámbitos que todavía están ausentes.

La espiritualidad es una dimensión muy fuerte en nuestra experiencia como Pastores. Hemos celebrado la Misa y rezado ante las tumbas de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, y en las Basílicas más significativas de Roma, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. Hemos sido peregrinos que buscamos en cada lugar sagrado el encuentro con Dios, su consuelo y el don de la conversión. La Iglesia no empieza con cada uno ni agota su misión en este tiempo.

También hemos crecido en la fraternidad episcopal. Conversamos mucho, nos escuchamos en nuestros anhelos y esperanzas, en los proyectos que soñamos para nuestras Iglesias. Pudimos también compartir el dolor que habita nuestros corazones atravesados a veces por circunstancias difíciles, pruebas en la oscuridad del camino que se vuelve hostil. Siempre viene bien el consejo fraterno, las palabras de aliento, la mirada de quien comparte la misma vocación.

El Encuentro con Francisco ha sido hermoso y profundo. Una nueva oportunidad para escuchar su palabra que, como obispo de Roma, Papa de toda la Iglesia, nos sostiene y confirma en la fe. No fue una reunión de camaradas ni de compinches de aventuras. La iniciativa es de Jesús que nos llamó, a él para ser sucesor de San Pedro, Vicario de Cristo; y a nosotros (los obispos) para ser sucesores de los Apóstoles. Es entonces renovar esta mirada de fe que nos vincula desde la vocación y misión confiada por Jesús con la ayuda del Espíritu Santo.

En el Evangelio Jesús llama a Pedro como “roca", “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Pero también lo muestra frágil sostenido por la fuerza de su mano. Por eso Francisco siempre dice “recen por mí”.

Uno de nosotros le preguntó: “¿Cuál es tu mayor alegría y tú dolor más grande?”, y nos respondió. La alegría es que el Señor está acompañando a la Iglesia, hay mucha gente Santa, como dije “la santidad de la puerta de al lado"; y por eso hay que estar agradecidos a Dios. La preocupación es la “ideologización de la doctrina" y la lejanía del Evangelio; también los chismes, el hablar mal de los otros. Eso va deteriorando la comunión y nos hace tibios en la misión.

Entre otras cosas también nos pidió dedicar tiempo para escuchar a los jóvenes y los pobres. Aprender a pasar tiempo con ellos. Claro que también nos alentó en la misión a las periferias geográficas y existenciales, a ser Iglesia en Salida.

Nos insistió en que debemos cuidar nuestra vida de oración y ayudar a los sacerdotes en esta misma dimensión de búsqueda de la amistad con Jesús.

Cuando lo saludé le expresé mi gratitud por haber designado un obispo auxiliar, y le conté que muchos mandaron sus saludos y oraciones. Me dijo que les agradeciera, y concluyó: “recen por mí, yo lo hago por ustedes”.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social