Según la quinta verdad del General Perón, el trabajo es un derecho y un deber, ya que todos tenemos derecho a tenerlo, así como tenemos el deber de producir, por lo menos, lo que consumimos. Este es el único parámetro al alcance de todos que demuestra nuestra realidad económica.

Lo cierto, e indiscutible, es que muchos eludimos ese derecho tanto como rehuimos de ese deber. O sea, a la hora de laburar, miramos para otro lado porque, desde mediados del siglo pasado, se instaló la cultura de un Estado paternalista que nos ha consentido la vagancia y la ha naturalizado como un derecho.

De este modo, el propio peronismo, cooptado por el populismo, erradicó definitivamente el deber de que cada uno produzca, por lo menos, lo que consume, y lo reemplazó por el derecho a consumir todo lo que se quiera.

A simple vista, este escenario produce un innegable e inevitable quebranto económico. Acá, en la China, en el 510 y en el 2000 también, consumir más de lo que se produce implica, tarde o temprano, una quiebra. No cabe otra.

Ahora bien, cuando hay una porción de la sociedad que consume más de lo que produce, hay una porción que debe producir más para pagar aquel exceso. Y cuando la porción mantenida crece, la porción laburante deja de poder bancarla y la sociedad pide plata prestada. El final de este cuento lo conocemos todos.

Este es el cuento del derecho a todo sin deberes a nada, o de la naturalización de la vagancia. Un cuento donde todos tienen derecho a un laburo sin la obligación de laburar. Tragicómico pero real.

Pero la crisis comenzó, realmente, cuando la porción laburante, presionada para bancar la porción mantenida, no superó la situación y comenzó a achicarse. De esa manera, los que querían trabajar empezaron a no poder hacerlo y a sumarse, casi sin querer, a la creciente porción improductiva, razón por la cual el Estado salió a endeudarse más para mantenerla.

Hasta acá una razonable y coloquial explicación de nuestra realidad social, económica, y, más que nada, cultural. Solo falta que podamos cuantificar esta realidad de forma palpable. Tocar para creer. Para ello, detengámonos y miremos alrededor nuestro. Observemos el universo de gente con la que convivimos y estimemos la porción laburante y la porción mantenida.

Este universo es grande y muy inclusivo. Los acomodados políticos en la administración pública. Los del multimillonario aparato legislativo. Los tres docentes por aula para cubrir licencias. Los muchachos y muchachas del sistema patoteril sindical. Los paladines de la injusticia y sus secretarios y ascriptos. Los jubilados sin haber trabajado. Los pensionados de gracia sin justificación alguna. Los subsidiados. Etcétera. Etcétera.

Esos son los artífices de la injusticia social contra la cual luchaba el General Perón, quien quería construir, a partir del trabajo, una Argentina socialmente justa, económicamente libre, y políticamente soberana. Iluso, no tuvo en cuenta a los mocosos imberbes.

Del mismo modo, también observemos a aquellos que trabajan de sol a sol por dos pesos con cincuenta, los que no saben qué otro gasto reducir para no cerrar, los que tienen tres trabajos, y los que se no saben ya qué inventar para mantener su laburo o su empresa.

La cantidad de esta gente que identifiquemos nos indicará el grado de nuestro problema. Probemos, capaz que estoy equivocado.

Hecho esto, surge, inevitable, una pregunta: ¿Quiénes ganan o ganaron en todo esto? Para buscar la respuesta descartemos primero la porción laburante. Después descartemos la porción mantenida, ya que llegará el día en que nadie la mantendrá y no podrá laburar. ¿Entonces? Solo ganan y ganaron en esto aquellos perversos inescrupulosos que gerenciaron este desastre y se llevaron una torta de plata a la casa. La misma oligarquía que condenaba Perón y que hoy quiere volver al gobierno, mientras los que están hacen malabarismos para poder reconstruir el aparato productivo y restaurar la cultura del laburo.

Norman Robson para Gualeguay21