Muchos llaman cabecitas negras, de modo despectivo, a aquellos supuestamente ignorantes que conforman ese segmento social bajo, vulnerable y excluido, a la vez que lo culpan de todos los desaciertos de nuestra historia inmediata, como el populismo. Pero una mirada más detenida expone otra realidad.

Si bien es cierto que, en la Argentina, a mediados del siglo XX, el peronismo conquistó las clases bajas, y allí se arraigó, también es cierto que lo hizo con beneficios sociales concretos, con una verdadera redistribución de la riqueza que benefició a todo un universo social postergado por décadas. Pero los tiempos cambiaron.

A lo largo de la segunda mitad del siglo, el sistema consolidó la inclusión de aquel sector bajo de la sociedad, y, en los albores de este siglo XXI, la demanda social, y económica, ya no se concentraba en esa clase, sino, más que nada, en una relegada clase media, la cual había sufrido el grueso del impacto de las sucesivas crisis económicas.

Ante este escenario, el populismo, que en este país se disfrazó de peronismo, creo un "relato" de beneficios y conquistas sociales que fácilmente sedujo a ambas clases. Pero, pasado el tiempo, quedó en evidencia que lo prometido no llegaba a las masas más bajas y, de la burguesía, solo alcanzaba a algunos, mientras que para los demás era pan para hoy y hambre para mañana.

Independientemente de esto, ya desde los años cincuenta, y a pesar de varios fiascos electorales, se consideraba la masa de la clase baja como cautiva del peronismo, y la que, de una u otra manera, definía, por su volumen, las elecciones. De ahí el preconcepto de que los cabecitas negras eran los cucos electorales de cualquier alternativa antiperonista.

Entonces, roto el hechizo a principios de la segunda década de este milenio, el populismo kirchnerista perdió su arraigo en la clase baja, decepcionada por las incumplidas promesas de inclusión, e indignada con la corrupción. Solo mantuvo cautivo un segmento de la clase media, el cual encontró una alternativa fácil y cómoda a sus pretensiones puramente personales. Esta es la realidad que favoreció la llegada del cambio en 2015.

Esto resultó así porque la clase baja, la de los antipáticamente llamados cabecitas negras, por más ignorante que sea, o vulnerable y excluida que esté, siempre tuvo una formación moralista muy rígida, a la vez que son pocos los encantos que podrían tentarla a traicionar esa moral.

Por otro lado, la burguesía autóctona, más "educada", por esa misma educación adolece de una formación moral menos rígida, y mucho más susceptible a los encantos de cualquier perversión o corrupción, especialmente si la favorece de alguna manera.

En otras palabras, los cabecitas negras son mucho menos corruptos que los burgueses, ya que está mucho más aferrada a los valores tradicionales que la clase media, la cual se avino a pervertirse a cambio de beneficios comodidades, sin importarle el costo que ello tuviera en el común de la sociedad.

A partir de estos conceptos es fácil concluir que quienes terciaron en el cambio en 2015 fueron los tan difamados cabecitas negras, quienes, junto a los independientes, votaron, principalmente, en contra del populismo.

A pesar de eso, hoy se escucha decir que los cabecitas negras son los responsables del mapa electoral que se va dando en el país y serían los que le devolverían el poder al populismo kirchnerista. Nadie parece recordar el pasado inmediato y menos aceptar los errores cometidos.

Hoy, muchos prefieren señalar a éstos como los culpables, tal como en el pasado, en lugar de interpretar que, en realidad, en ellos descansa gran parte del cambio moral elegido hace casi cuatro años.

Ese cambio, seguramente, será convalidado este año, con Macri y Pichetto, o con Lavagna y Urtubey, mientras Fernández y Fernández mantendrán su masa cautiva de siempre. 

Norman Robson para Gualeguay21