Después de ver que la gente de Puerto Ruiz votó en contra de Macri, y los de Galarza a favor, que madres bonaerenses le dan la espalda a Vidal y que nadie reconoce innegables pruebas de progreso, reconozco que, de ésto, no sé nada. Pero, a partir de esta confesión, sí pude empezar a reconocer lo ocurrido y a intentar explicarlo.

Así fue que comencé a rearmar el rompecabezas, preguntándome qué es lo que sé sin lugar a dudas, y a utilizar esas respuestas, esas certezas, como piezas del juego.

Por ejemplo, sé que no podemos tener derechos sin cumplir con nuestros deberes y obligaciones. Que no hay réditos sin esfuerzo y sacrificio. Que no hay orden, ni paz, sin leyes. Que no hay equilibrio, ni justicia, sin instituciones. Que no hay moral, ni dignidad alguna, sin valores. Y sé, más que nunca, que hoy solo empoderan a una sociedad el conocimiento y el compromiso de su uso responsable.

Entonces, inevitablemente, me hago la pregunta del millón: ¿Acaso el pueblo no sabe todo esto? A ciencia cierta, no lo sé, pero sospecho que no lo sabe. Sé que nadie se lo dijo, que nadie nunca se lo explicó. Menos debe saber, entonces, del pasado que nos trajo hasta éste lugar, o del futuro que nos patrocina aquel pasado.

O sea, puedo decir que sé que el pueblo no sabe la trascendencia del cambio, lo que significa, lo que importa. Entonces, sé que no sabe que se trata de un cambio cultural, no político, ni económico, ni social. Un cambio de paradigmas, de modelos, en el que se restauraría mucho de lo perdido.

Ahora bien, repasando el pasado, compruebo que esto no es casualidad, sino producto de una mezquina e impiadosa estrategia de poder, de un poder fundado en el desconocimiento del pueblo. Que el pueblo no supiera fue fundamental para todas las perversiones políticas que sufrimos.

O sea, la historia demuestra que la clase dirigente ha sabido alentar y promover todo esto para manipular al pueblo y aprovecharse de ello. Tanto que hoy ya está naturalizado.

Todo esto me lleva a concluir que el pueblo, sometido al desconocimiento, no es responsable de lo que decide o elige y, por ende, no es culpable de lo ocurrido ayer domingo. Entonces... ¿quién es el culpable...? Sin lugar a dudas, es la clase dirigente, principalmente la política, pues es la que tiene el poder para generar e inculcar conocimiento.

Así como en el pasado se convenció al pueblo del falso relato, esta nueva casta política, que vino a imponer ese cambio cultural tan necesario, nunca asumió la responsabilidad política que demandaba tamaño desafío. No solo no supo promover el compromiso cívico de sus cuadros territoriales para llevarlo adelante, sino que tampoco supo promover en el pueblo la consciencia del cambio, tan necesaria para consolidar su proyecto.

De este modo, el pueblo siguió sumido en el desconocimiento, lo cual fue muy bien aprovechado por la vieja casta política ante los propios ojos del cambio. Delante de sus narices, sin poder ni dinero, a partir del desconocimiento, impuso el desconcierto y lo convirtió en desconfianza, y ésta la hizo rechazo.

En otras palabras, gobernar requiere el compromiso de todos y, para ello, es preciso que todos sepan de qué se trata. Eso es lo que consolida a un gobierno, lo que lo hace fuerte. O sea, la propia indiferencia del gobierno al aspecto cultural del pueblo, más la perversa picardía de los otros en éste aspecto, hoy pusieron al primero contra las cuerdas.

Por lo tanto, luego de no saber nada, ahora creo saber que, nuevamente, el pueblo es víctima de la clase dirigencia, antes corrupta, hoy incompetente, por lo menos en el terreno de la disputa política, indispensable para la supervivencia del proyecto.

Quedan un par de rounds, pero el golpe recibido compromete al cambio. Veremos qué pasa.

Norman Robson para Gualeguay21