A lo largo del tiempo, ha sido tal la ausencia del Estado que ya lo desconocemos como principal rector de nuestra convivencia. Tan es así que nos hemos convencido de que la ley y el orden dependen de nosotros, y no de las fuerzas de seguridad y la Justicia. Es en ese punto cuando el imperio del caos y el desorden desorientan a los jóvenes y los llevan a perder el rumbo.

Estamos justamente en ese punto. Hoy, las licencias consentidas por el Estado son demasiadas: consumos liberados y zonas liberadas, por ejemplo, conforman una fórmula explosiva en la adolescencia de cualquier sociedad, la cual, en plena efervescencia, es imposible de contener por sus familias.

Cuando lo que está mal se vuelve normal, le es imposible a un padre o una madre privárselo a sus hijos. Si dejan tomar, todos toman, y nadie podrá hacerles entender a los gurises que eso no se hace. Y si los dejan fumar porro, todos fuman porro, y si los dejan drogarse, todos se drogan, y si los dejan matarse, finalmente, todos se matarán. El ridículo extremismo en los derechos del niño. Un derecho libertino sin deberes.

A pesar de eso, la gente parece creer que el problema nace en el hogar, en el seno de la familia, y culpa de cualquier desorden o violación de la ley a los padres, cuando no a los propios adolescentes. Ni unos, ni otros, tienen control real sobre la situación. Nos guste o no, son víctimas de la ausencia del Estado.

Recordemos que nosotros mismos, en nuestra juventud, cuando aún no estábamos embobados por la conectividad, ni contaminados por el consumismo, las familias eran en su mayoría biparentales, e imperaba aún un patriarcado autoritario, transgredíamos igual lo establecido. Una de las diferencias era que, en la esquina, había un vigilante y el juez no perdonaba. El problema hoy, aparte de las ausencias, son los riesgos que implican, por un lado, los consumos, y, por el otro, la ausencia de valores.

O sea, las familias hoy hacen lo que pueden, que es muy poco, y los adolescentes, como siempre, toman lo que les dan, mientras que, en el territorio, nadie se hace cargo del orden. Todos, políticos, policías, jueces y fiscales, miran hacia otro lado, voluntaria o involuntariamente, patrocinando zonas liberadas de violencia desmadrada.

¿Entonces? ¿Qué debemos hacer? Es fácil, todo se resuelve con autoridad. El sistema está bien concebido, solo hace falta que cada uno vuelva a cumplir con su parte: los padres en casa y el Estado afuera. Los dos, juntos, pues uno no podrá nunca sin el otro.

Sin un control estricto de alcohol cero a menores por parte de la Municipalidad, sin una presencia efectiva en todo el territorio por parte de la Policía, y sin penas efectivas a transgresores por parte de la Justicia, difícilmente se restablezca el orden.

Al mismo tiempo, Municipio y Provincia, a través de sus carteras e instituciones sociales, deberían apuntalar a las familias con una constante presencia en términos de convivencia, de consumos problemáticos, de carencias.

Como se puede apreciar, la iniciativa debe ser del Estado, y, luego, ésta debe ser acompañada por las familias promoviendo el estricto cumplimiento de las disposiciones vigentes.

Para esto ya están dictadas las leyes, las carteras y sus responsabilidades ya están definidas, y los presupuestos también ya están destinados. Ante cualquier duda visitar las infraestructuras de Desarrollo Social Municipal, del Copnaf, de la Comisaría del Menor y la Familia, el Juzgado de Familia, o revisar el Código Penal y el Digesto Municipal. Solo falta la voluntad política y la idoneidad para hacer lo que debe hacerse.

En definitiva, el desmadre de la gurisada puede o no ser culpa de las familias, puede discutirse. Tal vez en algunos casos si y en otros no. Pero lo que es indiscutible es la responsabilidad directa del Estado al permitir que todo esto ocurra.

Por eso digo que en un pueblo sin ley, los jóvenes pierden su norte.

Norman Robson para Gualeguay21