Allá por 1864, un grupito de empresarios locales, conscientes de la imperiosa necesidad de poder sacar su producción hacia Buenos Aires y ultramar, se impuso el desafío de unir Gualeguay y Puerto Ruíz con un ferrocarril. A la distancia, son un ejemplo de compromiso que hoy parece imposible de imitar.

Tan es así que hoy, 155 años después, Gualeguay adolece de infinitas necesidades, tal vez más vitales que aquello, pero no hay una comunidad de empresarios, o, aunque sea, de vecinos, que se junten como aquellos para darle impulso a la ciudad. Hoy no impera el compromiso con el porvenir que reinaba en aquellos tiempos, ni el concepto de comunidad que los unía. Solo instituciones llenas de discurso pero vacías de acción.

Aquella vez, aquellos empresarios juntaron la mitad de los 100 mil pesos fuertes que precisaban. Para juntar lo que faltaba, aquellos vecinos "licitaron" acciones del futuro ferrocarril. A razón de 50 pesos la acción, le vendieron 300 al Gobierno Nacional, y se hicieron de unos 15 mil pesos fuertes. Pero faltaba. Entonces lo fueron a ver al General Justo José de Urquiza, quien, para no ser menos, les dio, también, 15 mil pesos fuertes. Faltaba menos.

Es cierto, tampoco hay hoy gobernantes como aquellos, con los mismos intereses que la sociedad. Hoy, antes de lograr cualquier ayuda, tanto entre políticos como en las bases de la sociedad, tiene que haber algo a cambio, o alguna deuda a saldar.

Si bien aquellos patriotas gualeyos habían logrado bastante, todavía faltaban 20 mil pesos, lo cual no era poca plata. Entonces, lo visitaron nuevamente a Urquiza para ver si los ayudaba. El caudillo, viendo que gran parte de lo necesario ya estaba juntado, y que el proyecto era viable y un buen negocio, se comprometió a hablar con un amigo, quien era el principal financista de su Gobierno y con quien hacían negocios juntos, para ver cómo hacían.

Esto es como imaginar que hoy se junten los Pitón, los Santángelo, los Herrero y los Benvenuto, entre otros, para, por ejemplo, poner en marcha el Parque Industrial. Algo así nos resulta impensado. Que ésta gente vaya junta a pedirle plata al Gobernador y al Presidente hasta nos resultaría gracioso. ¿Qué les tendrían que ofrecer a cambio?

Siguiendo con la historia, a las pocas semanas, Urquiza le avisó a los gualeyos que estaba solucionado el problema: lo faltante sería cubierto por él mismo y por el banco de su amigo, 10 mil pesos fuertes cada uno. Con eso, los vecinos de Gualeguay, con Jacinto González Calderón a la cabeza, pusieron manos a la obra con el proyecto.

Realmente, imaginar que un Gobernante meta la mano en su bolsillo para financiar el desarrollo de uno de sus pueblos, hoy, es fantasía pura. Según lo que aprendimos del pasado inmediato, y corroborado en el presente, el poder ha sido y es para los políticos la oportunidad de engordar sus bolsillos, no para hacerse los mecenas.

Lo curioso es que aquel amigo y financista de Urquiza era brasilero. Era Irineu Evangelista de Sousa, Vizconde de Mauá, un hombre de negocios cincuentón, político y banquero del Imperio del Brasil, y dueño del primer banco extranjero que instaló una sucursal en la Argentina: la Casa Mauá, en Rosario. Un hombre muy conocido en su país por sus negocios con ferrocarriles, navieras, metalúrgicas y energéticas.

En la argentina, el Vizconde de Mauá mantuvo negocios financieros con el Gobierno del Estado de Buenos Aires durante los enfrentamientos con la Confederación Argentina, con los gobiernos de Santa Fe y Entre Ríos, con el propio Gobierno Nacional, y, claro está, con el Gobierno de la Provincia de Entre Ríos, y, personalmente, con el propio General Urquiza.

Encontrar hoy un tipo como el Vizconde de Mauá es muy difícil, y eso que éste personaje no hacía nada gratis. Solo practicaba un concepto de negocio sin abusos ni ventajas efímeras. Hoy, a éstos los llamarían filántropos y creo que se extinguieron en el siglo pasado. Creo que, por estos lares, Doña Sara fue la última cuando nos donó el Complejo Educativo. Hoy, el concepto de negocio es otro, netamente voraz, absolutamente inescrupuloso, neciamente inmediatista.

Volviendo a aquella historia, se sospecha que, por un lado o por el otro, toda la compra de acciones por parte de la Provincia, de Urquiza, y del propio Vizconde, se realizó con dinero de éste último. O sea que, gracias al brasilero, el ingeniero irlandés John Coghlan comenzó a construir la vía apenas unos meses después, mientras que en Gualeguay y en Puerto Ruiz iban construyendo dos pequeñas estaciones en tierras fiscales.

Esto sería como si hoy viniera Bordet y nos presentara a uno de los que le financia la campaña para que le vendamos acciones del Parque Industrial, y que no se quede con todo el proyecto.

Así que, una vez que llegó la locomotora de los Estados Unidos, se inauguró la obra en el 50 aniversario de la Independencia. Aquel 9 de Julio de 1866, a menos de dos años de iniciada las gestiones, el empresariado gualeyo vio materializado su proyecto. Como que tendieron los casi 10 kilómetros de vías más rápido de lo que hoy se hace una semipeatonal de cinco cuadras.

Bautizado Ferrocarril Primer Entrerriano, realizó su viaje de bautismo tirado por la locomotora Gualeguay, luego rebautizada Solís. A bordo iban el gobernador José María Domínguez y los accionistas de la empresa. Eso sí que sin lugar a dudas, hoy seria superado, ya que en la actualidad no se escatiman recursos para las inauguraciones, hasta podría hacerse con Macri y Bolsonaro, o con los Fernández por cadena nacional.

Pero bueno, este proyecto fue todo un éxito, y, al cabo de su primer año de servicios, el ferrocarril había transportado 5.540 toneladas de carga y 8.850 pasajeros. Igualmente, a pesar de aquel éxito, la empresa atravesó varias crisis, hasta que, finalmente, en 1967, 101 años después de su inauguración, el ramal fue cerrado definitivamente y el puerto abandonado.

Igualmente, hoy, el mundo nos demuestra que en las cadenas de valor las vías de transporte más eficiente son el ferrocarril y la fluvial, mientras que en nuestro país los sindicatos nos impones la más cara y onerosa: el camión.

Fue esta la historia de cómo, en un siglo y medio, desde aquel tren, y aquel buen vizconde, hasta hoy, perdimos el compromiso indispensable para construir el futuro que merecemos.

Norman Robson para Gualeguay21