Dios viene a nosotros asumiendo nuestra carne, para que lo podamos palpar, aunque suene raro hablar de esta manera. Así se expresa la primera carta de San Juan: “Lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos” (I Jn 1,1). Hasta tal punto llega la experiencia de la fe. Es realmente novedoso referirnos a la fe de este modo.

Cuando Juan el Bautista estaba preso escuchaba versiones contradictorias respecto de Jesús. Tanto que quiso confirmar si era o no el Mesías, enviando algunos de sus discípulos más cercanos. “Mandó a dos de sus discípulos para preguntar a Jesús: ¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 2), Evangelio que proclamamos en las misas de este domingo. Jesús no les responde con palabras. Los invita a palpar la experiencia de lo que acontece. “Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son curados y los sordos oyen… y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.” (Mt 11, 5)

Con el tacto percibimos si una superficie es rugosa o lisa, la temperatura de los objetos. Cuando una mamá detecta que su bebé tiene fiebre antes de usar el termómetro une con ternura su mejilla con la de su hijo. También necesitamos el tacto para movernos en la noche cuando se corta la luz y nos desplazamos en casa tocando muebles y paredes. Nos ayuda a diferenciar entre las cosas, y para ello es necesario palpar lo concreto. En este camino hacia la Navidad somos invitados a poner en juego el tacto para acercarnos a Dios.

Cuando nos acercamos a Jesús es porque Él tomó la iniciativa y se nos adelanta. Se anticipa en tendernos su mano para hacernos palpar su ternura. Su presencia no es virtual sino real. No es resultado de mi imaginación o fantasía, sino una experiencia bien concreta.

Podemos decir también que para ser creíble la fe debe palparse, percibirse en obras las palabras que decimos. Un camino concreto nos lo señala Francisco: “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (EG 24).

Pero te propongo además pensar el tacto desde otra perspectiva. Cuando estamos pasando malos momentos necesitamos cercanía y cariño. Nos preguntamos: “¿Quién se animará a tocar nuestra herida? ¿Quién será capaz de derramarnos el aceite del consuelo y el vino de la esperanza como lo hace el Buen Samaritano? ¿Quién dará el paso de dejar de mirar de lejos, desde afuera, y se arrimará a tocar la herida? ¿Quién nos cargará en su montura?”. La respuesta es Jesús. Él se acerca y toca en cada persona lo que muchos desprecian. Él se hace niño y sana nuestras heridas más profundas.

La actitud que te sugiero para esta semana: proponernos la cercanía a los pobres o enfermos y acariciarlos con ternura. En 10 días estaremos celebrando la Navidad. No nos quedemos afuera de la fiesta.

Mañana, lunes 16 de diciembre se cumplen 40 años de la dedicación del Templo Catedral de San Juan. Unamos nuestra oración dando gracias a Dios.

Y recemos por nuestro Papa Francisco que el viernes 13 cumplió sus bodas de oro sacerdotales y el martes 17 será su cumpleaños.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social