Hay determinados lugares que se destacan por su aroma característico: una panadería, una farmacia, una pizzería, el consultorio del dentista… Lo mismo sucede con algunas casas.

Me acuerdo de la cocina de mi abuela y la fragancia de condimentos españoles, la casa de mi tía Eulogia con sus pisos de madera encerados, o la vivienda de una vecina que tenía cerca de 10 gatos en sus diversos ambientes. Seguramente vos tendrás también tus propios recuerdos más lejanos o cercanos.

En nuestro camino de preparación a la Navidad (¡ya falta muy poco!) te invito hoy a imaginar y sentir el olor de la cueva de Belén y hacer oración evocando esos aromas. Cierro los ojos y me imagino dentro de aquella caverna con tufo a establo, al excremento y sudores de animales, que se entremezclan con la presencia de la alfalfa y otras pasturas.

Tal vez también podamos sumar el olor a sopa hirviendo para calmar el frío y el hambre del camino.

Olor a Belén (que significa casa del pan). Olor a bebé.

Como sabemos, ese no era un lugar aséptico, y menos aún con cuidados suntuosos. Como dice Francisco, “María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura” (EG 286).

En las escenas de la Navidad también hay olor a indiferencia y desprecio. A egoísmo y encierro. A prepotencia y soberbia.

Como actitud para estos días que nos quedan hasta la Nochebuena te propongo preguntarte: ¿a qué huele mi vida?

A veces decimos que “hay que tener olfato” para percibir una oportunidad, o para poder apreciar algo distinto. El Evangelio de este domingo nos presenta “las dudas de José” y al Ángel que le habla en sueños de parte de Dios. José tiene olfato y reconoce que el Niño engendrado en María es obra del Espíritu Santo; y entonces la lleva a su casa. 

Nosotros también estamos invitados a recibir en el corazón a María que nos trae a Jesús. José percibe que Dios le llama para cobijar un misterio muy grande, imposible de imaginar en ese momento. No tiene certezas de fechas, lugares… Pero posee una gran confianza en Dios y un amor tierno por María.

También sabemos que los animales tienen olfato para seguir huellas. Algunos son entrenados para buscar personas extraviadas. Agudicemos el olfato para encontrar a Jesús, no nos dejemos confundir por las apariencias. 

“No lo busques en los sitios/ donde la luz brilla más/ y donde es más poderoso/ el poder de la ciudad;/ deja las calles del centro,/ entra en las del arrabal,/ y allí donde la pobreza/ linda con la oscuridad,/ en la casa más humilde/ al Niño Dios hallarás.” (Francisco Luis Bernárdez)

La semana pasada tuve que realizar un viaje en colectivo durante algunas horas. Dos personas en el asiento de atrás hablaban con el tono de voz elevado, y me distraían de la lectura que estaba disfrutando. Compartían expectativas distintas acerca de la cena navideña, aunque ambas parecían ser de la misma Capilla o Parroquia. Una esperaba con alegría recibir a la familia (un tanto numerosa) en su casa, y contaba que ya se habían puesto de acuerdo en el menú, e ir juntos a la misa de Nochebuena antes de cenar.

La otra intervenía expresando su angustia por varias situaciones de sufrimiento que enfrentaron como familia en el 2019, y el desgano por reunirse. Llegó a decir con pena “no tenemos nada que celebrar”, a lo cual su amiga intentaba convencerla de la importancia de no estar en soledad rumiando dolor en esa Noche tan especial.

Compartían miradas distintas y argumentos de una perspectiva y otra. Pero ambas coincidían en la centralidad del nacimiento de Jesús. En comunidades parroquiales o capillas organizan tareas solidarias para acompañar a los que sufren o simplemente están solos o lejos de casa.

¿Por qué no pensar en acercarte a otros? Alguien te necesita.

Que tengas Feliz Nochebuena y bendecida Navidad.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social