El argumento es aquello que le da sentido a algo, aquello que lo dota de contenido, y, por ello, es aquello que lo pone en valor. Las ciudades, hoy, se distinguen por ese valor, pues es lo que las hace interesantes, sea para los que viven en ella, o para los que las visitan. Gualeguay no es la excepción y su argumento se ha quedado en el tiempo.

El sábado a la noche me tomé una birra artesanal en nuestra primera fiesta cervecera, en la Costanera, entre grupos musicales locales y la apuesta fuerte de ocho artesanos de la cerveza gualeya que buscan sumarle algo al alicaído argumento gualeyo. Mientras disfrutaba el éxito de la movida, pensaba en Gualeguay, y en su argumento.

Hace treinta años atrás, se hablaba de Gualeguay como Ciudad de la Cordialidad, mientras que de diciembre a febrero, sus balnearios Municipal y Paso de Alonso se desbordaban de gente, al igual que su camping, mientras que a Cantando en el Río llegaban León Gieco y Orlando Veracruz.

Por aquella época funcionaban la Rolling, la Tecnoalimentaria, Aveguay, la Peletera,   Juchco, mientras la San Antonio lucía "contaminada" por coloridos carteles y los gualeyos la llenaban dando la típica "vuelta del perro".

Recordaba ésto mientras disfrutaba de ese encuentro cervecístico que, aunque apenas promovido desde la Municipalidad, y a pesar del fresco, había convocado un mundo de gualeyos. Hasta me pareció percibir el mismo espíritu encantador de aquellos años.

En aquel entonces, Gualeguay tenía un argumento claro y, por supuesto, perfectible, mejorable. Un argumento que interesó a no pocos que la frecuentaban en vacaciones y otros, incluso, que la eligieron para venirse a vivir.

El tiempo pasó, el pueblo creció, y su realidad le quedó chica. Vino la Defensa y su Costanera, pero se fueron las fábricas, los balnearios, y, con todos ellos, su argumento se esfumó en el tiempo. A esta realidad no supieron, no pudieron, o, simplemente, no quisieron cambiarla ni Jaime, ni Jodor, ni Erro, ni Bogdan.

La población creció, pero no hay trabajo. El carnaval creció, pero no hay camas. Hay recursos humanos, pero no hay cómo explotarlos. Hay patrimonios y eventos, pero no hay cómo aprovecharlos. Hay una orquesta pero no hay sinfonía. No hay dirección.

Pedí otra cerveza, de otra marca, mientras la gente disfrutaba y bailaba al ritmo de una cumbia. Definitivamente, la esencia sigue viva. El pueblo, a pesar de los flagelos que lo asolan, gusta del encuentro, y, quien venga de afuera, gusta de compartirlo. ¿Entonces?

La dirección de esa orquesta solo la da la política con sus políticas públicas. En este caso, políticas públicas de desarrollo. Sin éstas políticas, todo lo que se haga termina siendo un intento, lindo, pero efímero.

En el 2000 y en el 2008, dos planes estratégicos le marcaron a Gualeguay la necesidad de consolidar su identidad, definir bien su rol en la región, y ordenar políticamente su rumbo. Pero nadie hizo caso de esto, y las consecuencias, especialmente en tiempos de crisis, empiezan a sufrirse.

Por ejemplo, en este tiempo, el Estado impulsó el Carnaval, la Fiesta del Asado y la Galleta, Sabores Gualeyos, la Fiesta de las Colectividades, los Torneos de Pesca, el Encuentro de Coros, entre otros, a la vez que busca generar empleo a partir del cuentapropismo, ese que inspiró esta fiesta cervecera. Pero como que falta que todo sea parte de una estrategia de crecimiento, y no solo golpes de efecto aventurado en soledad.

Hoy, todo tiene que ver con todo, y solo así, hoy, todo se desarrolla. La llaman transversalidad, y a esa la articulan y potencian solo las políticas públicas aplicadas desde el Estado, municipal en este caso. Estas estrategias hablan de conceptos de cadenas de valor, de asociatividad, de identidad de origen, de sellos de calidad, y, a partir de estos, se debe pautar un desarrollo sustentable y sostenido que aggiorne y potencie el argumento.

O sea, nuestra orquesta tiene los instrumentos, muy buenos instrumentos, solo falta que la política se ponga los pantalones, tome la batuta, e imponga una sinfonía de desarrollo, transversal, en la que todos nutran un argumento que nos seduzca y seduzca a los de afuera.

Norman Robson para Gualeguay21