La guerra civil es un modelo de conflicto violento de tiempo indeterminado entre dos bandos internos, enfrentados por cuestiones ideológicas o religiosas, de resultados trágicos, donde el factor de terror es la muerte y gana quien mejor lo tolera. Hoy en día, el poder desarrolló un nuevo modelo, explotando otro terror, tan funcional a sus intereses de dominio como el anterior, pero menos traumático para la sociedad y de durabilidad indefinida.

A lo largo de su historia de la humanidad la forma de guerra civil evolucionó en las formas pero no en esencia. El garrote en la edad de piedra, los cañones contra las flechas durante las conquistas, las bombas en la primera mitad del siglo XX, y las guerrillas en la segunda mitad, son algunos ejemplos, pero la esencia fue siempre a misma: imponerse sobre el otro infundiendo el terror a la muerte y a la destrucción.

En el caso particular de Latinoamérica, en todos los casos hubo siempre un trasfondo económico que benefició al sector político, quien, casualmente, permitió que las diferencias en la sociedad se convirtieran en violentos conflictos.

Un poco de historia

Por ejemplo, entre 1825 y 1950, las guerras civiles en Colombia, Perú, México, Venezuela, Chile, Paraguay, Ecuador y Brasil entre otros, fueron, principalmente, entre conservadores y liberales por cuestiones constitucionales que podrían haberse dirimido pacíficamente, y sus desenlaces no representaron grandes conquistas para los pueblos aunque sí para el poder político.

En la Argentina, entre 1814 y 1880, el país sufrió una guerra civil similar entre federales y unitarios, enfrentados por el manejo del poder. En este conflicto, los federales estaban en contra de la centralización impuesta por los unitarios, la cual incluía e maneo de la casa de la aduana.

Más adelante, en el siglo XX, a partir de la revolución cubana, surgieron otras guerras civiles, todas llamadas revolucionarias, en Colombia, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Brasil, Perú, Uruguay, Chile y Argentina. Estos conflictos planteados entre la izquierda y a derecha, fueron la extensión del enfrentamiento entre Estados Unidos y el comunismo de Rusia y China.

Si bien, en la actualidad, estas guerras civiles ya no se dan en los países sudamericanos, se vive un nivel de conflicto tan violento como antes, no concentrado en operaciones bélicas, sino a lo largo de toda la convivencia diaria, con picos esporádicos a partir de cuestiones sociales específicas.

El nuevo modelo

Se trata de un nuevo modelo de guerra civil, el cual surge y trasciende de igual manera, pero en éste, la violencia se establece en la misma convivencia a partir del terror que se instala en algunos a quedar afuera del paraíso consumista.

En Sudamérica, desde la última década del siglo pasado, el poder sedujo y encantó a los pueblos con el facilismo de un orden escepticista de derechos sin deberes, de beneficios sin esfuerzos, y de libertades sin restricciones, derrumbando así el orden republicano.

Se califica a éste orden como escepticista porque hace que la sociedad deje de creer en cualquier sistema orgánico establecido y le impone la teoría de las mil verdades, desarmando y degradando valores e instituciones, haciendo todo cuestionable y promoviendo la incertidumbre.

Para este modelo, el poder, con la ayuda de los medios, la justicia, los sindicatos y las organizaciones sociales, sumó el desorden para recalentar la convivencia e instalar la violencia, a la vez que, en nombre de conquistas postergadas, y de la bendita redistribución de las riquezas, promovió derechos, repartió beneficios, e invitó al libertinaje.

Luego de décadas y décadas, no son casuales los niveles de ignorancia, de pobreza, de drogadicción y de delincuencia, ni la pérdida de valores como esfuerzo y honestidad, ni la desintegración de instituciones como la familia, la iglesia y la policía. Ni es casual a naturalización de todo esto.

Una nueva idiosincrasia

A partir de esta realidad, el poder dio a luz una nueva idiosincrasia, la facilista, la cual entiende que el consumo es un derecho inalienable, y que el Estado debe facilitar hasta el acceso a un buen celular, a una tele, o a una moto, sin esfuerzo alguno.

Una clase beneficiada que no responde a un solo segmento social, económico o ideológico, sino que captó simpatizantes de todos los estratos y de diferentes perfiles, explotando el egoísmo, la culpa, el resentimiento y la debilidad moral, entre otros defectos comunes.

Con esta base, con la ayuda de un importante aparato propagandístico, y cooptando los medios, se fue construyendo esta nueva idiosincrasia, la cual se caracteriza por el poco interés por sus derechos públicos, como la salud, la educación y la seguridad, y, lo más preocupante, su interés por la vida y el futuro.

De este modo, el poder ha cebado a los facilistas a fuerza de subsidios y prebendas, generándoles terror a perderlo, lo cual los lleva a enfrentar como enemigo a todo aquel que quiera arrebatarles su derecho al consumo.

Por el otro lado, la injusticia de este nuevo modelo, y sus nefastas consecuencias en el futuro, enardece a los meritócratas, quienes están aterrorizados por la dimensión que va adquiriendo el facilismo.

Entre ambos terrores se abre una gran grieta. La sociedad, alguna vez dividida entre conservadores y liberales, y, luego, entre zurdos y derechos, ahora se divide entre facilistas, acomodados en el nuevo modelo, y los meritócratas, quienes deben patrocinar este modelo con su esfuerzo.

Este es el nuevo modelo de guerra civil, donde los bandos enfrentados no pierden vidas, ni bienes, sino calidad de vida y progreso, a la vez que el enfrentamiento se perpetúa por sí mismo, sin final previsto. Un modelo donde, como siempre, hay un solo ganador: el poder, donde conviven políticos, narcos, medios y todo tipo de poderosos.

En otras palabras, en esta guerra civil no se trata de del enfrentamiento de dos modelos socioeconómicos, sino de un único modelo político que explota, en beneficio del poder, el enfrentamiento de dos culturas: la meritocracia y el facilismo.

Conclusión

Hoy, Sudamérica en general, y la Argentina en particular, viven una guerra civil, sin sangre pero con dolor, y de duración indefinida, ya que los facilistas son más que los meritócratas, y logran imponer el modelo consolidando la condena a la postergación particular y general.

Solo el despertar a esta realidad, y la valentía de asumir los costos de revertir la situación, pueden evitar el final augurado.

Norman Robson para Gualeguay21