Pasados los cincuenta, comenzamos a vivir la segunda mitad de nuestra vida. Se trata de una segunda oportunidad en la que, fundados en nuestra experiencia y motivados por la incertidumbre sobre lo que viene, podemos redescubrir el sentido de la vida. El hacerlo nos lleva a replantearnos nuestra propia existencia, y, de alguna forma, eso nos obliga a reinventarnos, como si renaciéramos a una nueva vida.

Pasa que, en la primera mitad de nuestra vida, corrimos detrás de una zanahoria que, la hayamos alcanzado o no, no nos resolvió ninguna de las inquietudes que nos surgieron a partir de la segunda mitad. Mientras en la etapa inicial buscábamos el éxito, la gloria, el simple reconocimiento, o alguna otra banalidad que pudiera nutrir nuestra autoestima, otrora todas al tope de nuestras pretensiones, en la nueva mitad pasan todas a segundo y tercer plano, sino al último.

Al entrar en esta segunda etapa, y darnos cuenta de qué se trata todo este desafío de vivir, aunque no sepamos cuánto más viviremos, si meses, años o décadas, empezamos a ver las cosas de otro modo. La experiencia adquirida, conjugada con las inquietudes propias de la incertidumbre, en la medida de que las vamos asumiendo, nos lleva a reflexionar y a replantearnos la vida.

En la primera mitad, nos acostumbramos a evitar cualquier "pérdida" de tiempo que no contribuyera a alcanzar la zanahoria. Así aprendimos a comprar todo hecho, y a tirar lo que teníamos para comprar uno nuevo. Nos hicimos fans de lo precocido y de la chatarra al paso para resolver estrechas agendas. Nos convertimos en cultores de lo light y del fitness para alcanzar estándares físicos establecidos. Nos hicimos adictos al clonazepam y al alcohol para suprimir realidades, y a la terapia para asumirlas. Y caímos en el sexo por compromiso, o en ese sin compromisos como desahogo o alivio de frustraciones.

En otras palabras, durante la primera mitad, nos especializamos en eludir todo aquello que hacía a la vida, que le daba sentido, y le dimos sentido solo a la zanahoria. A partir de allí, muchos perdimos de vista el amor, la vida y nuestra misión, entre otras tantas cosas, creyendo que podíamos ganarle al tiempo y a la muerte.

Es por todo esto que la segunda mitad es como una segunda oportunidad, donde podemos aprender un nuevo estilo de vida, más grato, más digno, más pleno. Una oportunidad para la cual debemos reinventarnos, concentrándonos más en lo que sentimos, y reflexionando sobre eso, para descubrir, así, en los pequeños espacios y tiempos que hacen a la vida, un amplio espectro de nuevos placeres.

Se puede decir que la primera es la mitad de los porqués, ya que creíamos que las respuestas existenciales las podíamos encontrar en las causas, mientras que la segunda es la de los paraqués, ya que descubrimos que las respuestas a nuestra existencia están en el sentido que le damos a nuestra vida.

En la primera mitad, nos vestíamos de una u otra manera porque debíamos cumplir con modelos impuestos, y dejábamos de usarla por perder un botón o, si resistía, cuando la moda así lo mandaba. En la segunda mitad, podríamos reencontrarnos con aquello y reacondicionarlo, solo para volver a sentir lo que alguna sentimos.

Del mismo modo, hoy podemos tomarnos el tiempo para degustar despacito un buen vino, y encontrarle los secretos de su variedad. O asaltar la cocina y someterla a cualquier caprichosa conjugación de sabores hasta componer un producto que sea nuestro, como alguna vez había tallarines que eran los de la abuela. O restablecer el contacto con viejas relaciones, que olvidadamos sin razón alguna. O manifestarnos, libremente, desnudando nuestras emociones.

Ni hablar de enamorarnos, y darle a la pasión y el placer, el condimento propio del amor, un sabor que solo él puede dar.

Eso sí, dedicándole a todo esto su merecido tiempo, sin concesiones, sin mezquindades, disfrutando cada instante, sintiendo en profundidad cada placer en toda su dimensión.

Por eso, quien alcanza la segunda mitad tiene la oportunidad de aprovechar todo lo vivido en la primera mitad para aprender a vivir bien la segunda, y, así, disfrutar de la vida y ser feliz. Quien logre esto, cuando haya cumplido las dos mitades, dejará tras de sí un tan buen recuerdo que lo sobrevivirá en los corazones de quienes tuvieron la suerte de conocerlo.

Norman Robson para Gualeguay21