Estaba sentado en la arena del balneario municipal. De su balneario, mirando hacia su río. Uno era parte del otro. Entre su laburo en la telefónica y el noviazgo con Marta, siempre tenía un rato para escaparse a visitarlo. Ahora que el Huguito le había dado el rancho para cuidárselo, podía estar más cerca.

Sentado allí, con la misma brisa fresca que inspirara a Juanele, a él la costa le inspiró una locura. ¿Porqué no? El agua tenía que estar linda y él nunca nadaba hacia abajo. "Y si Marcelito Lezcano pudo...", se dijo, en silencio. Había dejado la moto a la sombra, así que escondió las alpargatas, la camisa, y se zambulló. Un par de brazadas y enfiló aguas abajo.

Casi sin querer, ya estaba en el Peralta. Un poco más y estaba cruzando la playa de los Tres Palos, y donde algunos dicen que estuvo Puerto Barriles. El agua estaba hermosa y la corriente lo ayudaba. Pasó las barrancas y, después de una curva, pudo ver Puerto Ruíz. Al llegar, atardecía, y nadie lo esperaba. Es más, nadie sospechaba su locura.

Desde el teléfono público del puerto dio señales de vida, y, de inmediato, empezaron los retos de la familia y de los amigos. Se habían asustado. Lo fueron a buscar y lo trajeron entre sermones. Levantó la moto y, al rato, ya estaba haciendo el novio. Pero la travesura había despertado algo que todavía no sabía qué era.

Los días siguientes fueron normales, cumpliendo las rutinas de su vida, y rompiéndolas un ratito al día para irse al río. Lejos de él quedaban los desaciertos de Onganía, la camapaña del Independiente de Pavoni, o las tapas de la Siete Días. A él le daba vueltas en la cabeza redoblar la apuesta: venirse desde Paso de Alonso hasta el Balneario, y, si daba, llegar hasta Puerto Ruiz.

Al principio, no se animaba a contárselo a nadie, pero sabía que solo no podía hacerlo, así que se lo contó a sus amigos. Todos lo acompañaron en la locura. Huguito le prestó la canoa. Con el Negro Gianini la llevaron hasta Paso de Alonso. Después, también se sumaron el otro Negro, Garibotti, su tocayo, Dalvano, y el Quique, que ya estaba estudiando medicina.

El día amaneció lindo, dentro de todo fresco. Él estaba nervioso. Sabía que iban a ser muchas horas. Muchas. Recordó que el propio Lezcano se había largado del mismo lugar pero no había llegado ni al Balneario. Pero, rápidamente, se repuso y, entre mate y mate, se convenció de que lo lograría.

A las nueve en punto ya todos estaban en Paso de Alonso. Se preparó, y se largaron. Él nadando y los otros en la canoa. Muchas cosas pasaron por esa cabeza en las horas siguientes. Recuerdos y sueños, verdades y fantasías, miedos y valentías. Pero él no nadaba solo, y no solo lo acompañaban desde la canoa. Con él iba su historia, su familia, su futuro junto a Marta.

Tal vez fue por eso que no le costó llegar al Balneario, y decidir, como quien decide que ropa ponerse, seguir hasta cumplir la hazaña. "Siempre hay tiempo para achicarse", puede haber pensado. La cuestión es que siguieron aguas abajo. Puerto Ruiz lo esperaba.

Es difícil imaginar las siguientes horas de nado ininterrumpido para cubrir, porque sí, los 32 kilómetros del desafío. Hay que manejar el efecto que causan el cansancio muscular y el cansancio mental y emocional. Se ve que él pudo. Entre brazada y brazada podía ajustar su rumbo y ubicarse por donde iba. Así como, entre brazada y brazada, sentía el aliento de los muchachos. Eran las tres de la tarde y nadaba firme rumbo al puerto.

La misma curva de días antes le mostró, otra vez, los galpones del puerto. Le parecía mentira, mientras, en la canoa, los muchachos ya festejaban. A las siete menos cuarto, mientras se apuraba la bajada del sol, tocó tierra firme. Aun en el agua, no tardó en llegar el abrazo del resto del equipo.

Era el 28 de enero de 1967, y, según los registros oficiales, Miguel Lito Arnaudin, de 27 años, era el primer nadador en superar el desafío Paso de Alonso - Puerto Ruíz en 9 horas y 45 minutos. Mientras celebraban al borde del río, Lito, con su franca sonrisa, propuso: "¿Y si vamos hasta La Calera?".

A la distancia de medio siglo, Lito aún sonríe al compartir aquella hazaña que, en su modestia, es solo una travesura de jóvenes inquietos y atrevidos. Sonríe, Lito, frente a quienes atienden sus recuerdos. Recuerdos que le devuelven al río algo, aunque sea, de todo lo que éste le dio.

Norman Robson para Gualeguay21