Como he jugado al rugby, al igual que mi padre y mi abuelo, y veo tanta ignorancia sobre su significado, me veo en la obligación de recordar qué es el rugby y qué un rugbyer, explicar la.existencia de energúmenos practicando éste deporte sin profesar sus valores, y destacar que, a diferencia de muchos otros deportes, el rugby no es un negocio.

Un poco de historia. El rugby desembarcó en la Argentina a fines del siglo XIX, y no se instaló en San Isidro ni en Barrio Norte. Lo hizo en Rosario, en Lomas de Zamora, y, en la Capital, en Palermo, Flores y Belgrano. A lo largo de un siglo, la práctica de este deporte creció como un culto exclusivo, no de estatus social, sino de conducta social. Para jugar al rugby no bastaba ser bueno, había que demostrar una conducta y un compromiso con los valores sociales y deportivos esgrimidos.

A lo largo de ese siglo, esta política forjó grandes hombres y grandes deportistas, hoy reconocidos en todo el mundo. Jugadores que fueron invitados a los mejores equipos del planeta. Jugadores que han sido, acá y allá, íconos de buena conducta. Todo eso lo lograron gracias a una innegociable formación en valores en las instituciones dedicadas a esta práctica a lo largo y a lo ancho del país. Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Tucumán, entre otras, se sumaron al concierto nacional de un deporte que se mantuvo siempre amateur y fiel a su filosofía.

Pero, hacia fines del siglo XX, se popularizó tanto el valor social del rugby que las instituciones, clubes, se reprodujeron en todo el país. Con esta masificación, el concepto original del rugbyer, en algunos lugares, fue contaminándose con pretensiones totalmente opuestas al sentido original.

Como resultado de esta nueva política, en la práctica deportiva comenzaron a convivir con los rugbyers, gente que no había sido forjada en el culto a los valores éticos y morales promovidos históricamente, muchos queriéndose sumar a esa cultura, pero algunos otros solo buscando en el rugby el crédito social, el desarrollo de sus vanidades, o el desahogo de sus frustraciones.

Cabe destacar que se trata de una degradación ética y moral de la práctica deportiva, muy común en los deportes profesionales, pero no en aquellos amateurs, como el rugby, y, también, las artes marciales. Disciplinas éstas aún aferradas a filosofías particulares pero que sufren las desnaturalización se su concepción original, un flagelo que se agrava con la violencia general de la actualidad.

A partir de esta realidad, comenzaron a surgir clubes, entrenadores y jugadores que solo comulgaban con el rugby sus reglas, y nada de su espíritu, muentras las matrices regionales y nacional, rectoras de este deporte, no han sabido, o no han querido, erradicar este flagelo.

Esta realidad, más una mediatización desgraciada de hechos de violencia con la participación de energúmenos autoproclamados rugbyers, está lastimando una práctica deportiva que significa uno de los últimos bastiones del deporte amateur, del deporte con valores éticos y morales, que ha nutrido al país de grandes personas. Un país contaminado de exitismo y ávido de enriquecimiento fácil. El país donde todos, dirigentes, familias y deportistas, quieren salvarse con una estrella.

Por todo esto, es preciso que quienes venimos del rugby, quienes fuimos rugbyers, no por éxitos, sino porque de él nos nutrimos, alcemos la voz en defensa de uno de nuestros más nobles deportes, y en contra de estos violentos personajes, a la vez que acallemos, con información cierta y concreta, a aquellos ignorantes que solo repiten, cual cotorras, lo que ven en la tele.

Norman Robson para Gualeguay21