Es Gualeguay, sur de la provincia de Entre Ríos. Es noche de sábado, noche cálida de verano. El pueblo apura los trámites, a las diez comienza la fiesta. El Corso de Gualeguay es, en esta época, el punto de encuentro para propios y extraños. Un carnaval que fusiona fiesta y show, glamour y espuma.

Ya en los últimos meses del año se escuchaba, por las noches, el batido de tambores que auguraban este rito pagano devenido en fiesta popular. No es Bahía, ni Corrientes, ni Gualeguaychú. Es Gualeguay, donde Momo libera el espíritu del carnaval y lo desparrama liberando a todos a la pasión, al desenfado, a la sana locura.

Es noche de sábado y la voz de los presentadores inunda el Corsodromo, mientras miles de almas, ávidas de ritmo, color y espuma, van encontrando su lugar. En el circuito tienen lugar las primeras batallas de nieve. Los carritos con las blancas municiones ya circulan, al igual que los mozos de los clubes. Todo está listo.

9... 8... 7... Comienza la cuenta regresiva. 3... 2... 1... Y la voz de la comparsa explota en el Corsódromo para dar inicio al primero de los viajes de ensueño. De inmediato, la banda empieza a excitar las almas, al tiempo que las espumas inundan el cielo. Sea SiSí, sea K'rumbay, sea Samba Verá, no importa, todos saltan, todos bailan, todo es fiesta, todo es carnaval.

La embajadora y la bastonera, de entrada, exaltando la belleza femenina, abren el desfile, siempre custodiadas por ellos. Detrás, los siguen cuadros que simbolizan el tema elegido. Entre éstos, viene la reina, la soberana. Se trata de un crisol de géneros, de un arcoíris de plumas y lentejuelas, con cuerpos bamboleantes al son de la percusión y los vientos. La sonrisa contagiosa como arma común contra la timidez.

Majestuosas carrozas se intercalan entre los números, hasta que aquella de la banda llega precedida por una horda de jóvenes que imponen la algarabía general. La embajadora de la música se luce. Copos de telgopor o papelitos plateados vuelan por los aires, hasta mezclarse con la espuma que lanza el público. Es el clímax del desfile. Es la locura total. El público, poseído por Momo, entra en un trance emocional de incontenible alegría.

Luego es el turno del samba. Cierra la comparsa su batucada. Pequeño ejército de percusionistas dirigidos por su mestre. Una batería que hace sacudir los cuerpos de los pasistas que los representan. El público se contagia. Más espuma, más saltos, más fiesta, más locura.

Termina la comparsa y, tras su paso, deja habilitado el vale todo de espuma. Media hora de desatada contienda, tanto entre gurises y gurisas, como entre grandes y grandes. Batallas sin edad donde todos vuelven a ser gurises. Los encarnizados enfrentamientos dejan cabezas cubiertas de espuma. Los más chiquitos vinieron muñidos de antiparras. Los más grandes, de toallas. Hasta el propio Intendente juega con espuma. Nadie se salva.

Mientras tanto, las cantinas trabajan a full. Socios enamorados de su club trabajando gratis, contribuyendo a su institución y sumando al espectáculo. Negocio redondo. Grandes vasos con los tragos salen cubiertos para protegerlos de la espuma. Los aromas de las parrillas desafían el apetito.

9... 8... 7... Otra vez la cuenta regresiva. 3... 2... 1... Y la fiesta de ritmo y color vuelve a ser protagonista. El momo, incansable, acompaña y alienta cada cuadro, desde principio a fin. Algunas y algunos se prestan a la selfie. Otra banda enloquece a las tribunas. Otra batucada sacude al público. Todo bajo un nuevo cielo de espuma.

Finalmente, termina la noche. Son las tres de la mañana. Las tres comparsas dejaron todo en el circuito. La gente está extenuada, empachada de fiesta, intoxicada de contagiosa alegría. Las mareas de sonrisas se escurren dejando en silencio el corsódromo. Las luces se van apagando, solo hasta el próximo sábado. Solo quedan los clubes limpiando y acomodando las cantinas.

Es Gualeguay, sur de la provincia de Entre Ríos. Es madrugada de domingo, madrugada cálida de verano. Terminó el Corso, el carnaval más divertido del país. No es Bahía, ni Corrientes, ni Gualeguaychú. Es Gualeguay, donde Momo libera el espíritu del carnaval y lo desparrama liberando a todos a la pasión, al desenfado, a la sana locura. Será hasta la próxima noche de fiesta, de show, de glamour, y de espuma. 

Algunos números

9 noches de enero y febrero. Un corsódromo con una capacidad de 10 mil espectadores. Un circuito de unos 500 metros de largo. Unos mil integrantes distribuidos en 3 comparsas. 6 cantinas en manos de clubes locales. Unas 7 mil espumas vendidas por noche. Una fiesta.

Norman Robson para Gualeguay21