Desde hace un buen tiempo se ha instalado en la sociedad la idea de que todos los medios, y los periodistas, tienen una pertenencia política. Esto ha sido bien aprovechado para desacreditar la información circulante, ahuyentarles anunciantes, así debilitarlos, y sumir a la sociedad en la desinformación.

Es cierto que no son pocos, ni aislados, los casos en que periodistas y medios se han prostituido en favor de uno u otro sector político, pero estigmatizar a toda la prensa con una pertenencia política incondicional no solo no es cierto, sino que es necio e injusto, por inconveniente para el desarrollo de un pueblo.

Sin lugar a dudas, todos los hombres y mujeres de una sociedad son dueños de tener un pensamiento político. Con más razón en el caso de los periodistas y de los empresarios de medios, por el grado de compromiso que tienen con la realidad y con la sociedad.

Del mismo modo, todos los hombres y mujeres también tienen una posición sobre el aborto y la eutanasia. Con más razón los profesionales de la salud, quienes, por su propia experiencia en el tema, pueden tener una tendencia a consentir esas prácticas.

Pero, ni el periodista, ni el empresario de medios, por pensar de una manera, van a corromperse pervirtiendo su rol de informador, así como tampoco el profesional de la salud, por creer que sería conveniente, va a realizar un aborto o aplicar la eutanasia. O sea, uno puede pensar como quiera, e, incluso, manifestarlo, pero eso nunca significará que su pensamiento afecte o condicione su profesión.

Claro está que, como dijimos al principio, hay de unos y otros que sí lo hacen, que sí se corrompen, pero, aunque se piense lo contrario, son la minoría. Como siempre en la historia de la humanidad, pagan justos por pecadores.

Ésta estigmatización de la actividad periodística tiene un gran impacto negativo en la sociedad. La naturalización de la pertenencia política de la prensa, por un lado, lleva a desvalorizar el rol social de los informadores, y, por el otro, espanta a los anunciantes que priman su neutralidad ante el mercado. Todo esto debilita económicamente la actividad, obligando a algunos a prostituirse para sobrevivir.

De ese modo, una actividad sin prestigio, ni rédito económico, deja de seducir nuevos cuadros, lo cual deriva, rápidamente, en una notable baja de la calidad de actores, y, por ende, en la calidad de la información. Y, una sociedad mal informada, inevitablemente, se debilita y queda a merced de su suerte.

Ahora bien, más allá de esto, la sociedad debe darse cuenta de que esto no es una casualidad, sino una causalidad. A río revuelto, ganancia de pescador. El descrédito de periodistas y medios sirve para sumir a la gente en la desinformación, lo cual facilita su manipulación por parte de los poderes entronados. Por lo tanto, todo obedece a una estrategia.

Vale la pena recordar, en este punto, que hay tres aspectos que hacen que un pueblo sea más o menos manipulable: la pobreza, la ignorancia y la desinformación. En el caso de la Argentina, la profundización de estos tres flagelos ha sido, desde hace décadas, una política de Estado. Tan es así que, hoy, en los tres conceptos, tenemos índices escalofriantes.

Por lo tanto, cuando un ciudadano asume que un periodista o medio es funcional a uno u otro sector político, y cuando, por ello, desacredita su información, o lo excluye como canal publicitario, esta alimentando la desinformación y, así, está contribuyendo a la postergación de nuestra sociedad.

Así en la mina como en la vida, no todo es oro, ni todo es barro, sino que hay oro sucio entre el barro. Nunca un minero creerá que todo es barro, sino que sabrá quedarse con el oro y desprenderse del barro. Sabe que solo así se enriquecerá.

Norman Robson para Gualeguay21