La vida es así. Un día de un lado, al otro, del otro. Un día llorás, y, al otro, te lloran. Así es la vida. Siempre fui observador de nuestro carnaval, pero las últimas noches me tocó ser un espectador más que llega al corsódromo en busca de diversión. El ojo crítico se tomó franco y solo quedó el alma entregada a la fiesta. ¡Y que fiesta!

Si bien lo crítico siempre resulta antipático, descubrí, con alegría, que mi rol no impidió que disfrutara de la fiesta, sino, muy por el contrario, potenció la oportunidad. Así que esos primeros miedos se diluyeron rápidamente y pude disfrutar plenamente ese bien llamado carnaval más divertido del país.

De ese modo, esta experiencia me permitió conocer, en primera persona, desde las vicisitudes de comprar una entrada y una ubicación, hasta el maratónico éxtasis de baile y espuma que propuso cada comparsa, cada una de las noches.

Haciendo a un lado los indefendibles inconvenientes que caracterizaron esta edición, son muchos los detalles destacables que abonaron la fiesta: Las facilidades para estacionar, especialmente detrás del corsódromo. La buena onda del personal en todos los accesos y controles, los verdaderos anfitriones de la fiesta. La colosal tarea de mozas y mozos, verdaderos malabaristas en la atención del espectador. El sacrificio de la gente de los clubes en las cantinas, un ejemplo de pertenencia. Y los muchachos y muchachas de los carritos con espuma, genios nutriendo a la fiesta.

Si bien todas estas noches fui solo, llegué solo y entré solo, una vez dentro me sentí acompañado por miles de amigos. Siempre saqué Butaca Estación, aunque nunca me senté, pues siempre compartí la fiesta con otros. Así experimenté ese famoso espíritu mágico del carnaval, ese del cual mucho hablamos pero que solo se puede sentir, y concebir en toda su dimensión, siendo parte de la fiesta. Por eso, ahora doy fe.

Así experimenté como, apenas se escuchó que arrancaba la primera comparsa, la magia del desenfado nacía en el circuito, fruto de esa orgía de música, brillo y color, y se reproducía entre nosotros, con saltos, palmas y espuma, como un inevitable virus contagioso del que nadie se salvaba.

Ahí experimenté cómo, sin distinciones, todos por igual, convulsionamos al ritmo de la banda, o al compás de la batucada, mientras huían del corsódromo, espantados, la vergüenza, el miedo, el rencor, y cualquier otro condicionamiento. 

No se si así alcanzo a describir lo que viví estas noches. A ver, intento otra vez: Ni en las tribunas, ni en las butacas, ni en mesa alguna hubo género, o edad, o raza, o pasado, que nos diferencie. Por un espacio de horas, estuvimos todos liberados al festejo, sin importar, siquiera, si nos conocíamos. Nos dominaron, y los dejamos, nuestros más básicos instintos recreativos, esos que reprimimos cuando llegamos a grandes y, en estas ocasiones, afloran intactos.

Tal fue nuestro desenfado que vaciamos tarros y tarros de espuma al aire mientras desfilaban las comparsas, y, cuando no desfilaban, los vaciamos en nosotros mismos en frenéticas batallas campales. Así vimos a la otrora señora paqueta tranzándose en una descarnada escaramuza de espuma con los vecinos de la otra mesa, que no tenía idea de quienes eran. O, en las mesas de arriba, vimos un grupo de turistas poseídos enfrentándose con unas gurisas locales, ubicadas en las butacas de abajo. Todos blancos de espuma. Es cierto: la regla es que si no jugás con espuma, no existís.

De este modo, las encarnaciones de Momo nos hicieron sucumbir a sus muecas y monadas, mientras las sensuales sonrisas de ellas y ellos despertaron en nosotros fantasías de ensueño. Y a la llegada de cada banda o cada batucada, en respuesta a tanta entrega, teñimos el cielo de blanco mientras bailábamos y saltábamos.

Así, empapados y extenuados, llegamos al final, intoxicados de algarabía, y agradecidos a cada comparsa por lo dejado en el circuito y, más que nada, en nosotros. Hasta la retirada de la fiesta fue siempre tranquila, ordenada por la paciencia de los agentes de Tránsito.

Ya en casa, mientras vigilaba el agua para un café, concluí: cómo será la fiesta que te hace olvidar errores y desaciertos. Finalmente, ya disfrutando del café y el silencio, no pude dejar de pensar en los gladiadores artífices de todo esto, los dueños de la pasión, sin los cuales nada de todo esto sería posible. Tres ejércitos incondicionales al servicio de la fiesta. El resto son solo aves de paso rapiñando una oportunidad. 

Doy fe: qué fiesta, qué carnaval.

Norman Robson para Gualeguay21