Este cartelito despertó una catarata de expresiones que, a la luz de nuestra real esencia, solo producen asco. Entre la aporofobia genérica de muchos, y la hipocresía demagógica de otros tantos, en ambas veredas de la calle, solo queda lugar para las nauseas.

En un país donde su sociedad, históricamente, consintió y permitió, cuando no fue parte, la promoción de la pobreza como política de estado para el beneficio personal de algunos, nadie, absolutamente nadie, puede señalar a nadie por aporófobo o demagogo.

En esta Argentina que todos construimos y hoy nos toca vivir, todos tenemos nuestra buena cuota de miedo a la pobreza y otra igual de hipocresía, como tenemos nuestra gran cuota de culpa sobre la realidad actual. Todos somos artífices de este escenario perverso donde la pobreza es un recurso de muchos.

Acá, todos los que no son pobres, miran de lejos la pobreza, felices de poder hacerlo y no serlo, mientras que, en el bar de la esquina, nos disfrazamos de zurdos o gorilas y los culpamos de las siete plagas de Egipto. A la salida, manteniendo distancia y frunciendo la nariz, le damos una limosna al primer pobre que se nos cruza, a modo de reserva de una buena ubicación junto al Señor.

No tratemos de engañarnos. El cartelito en cuestión, de modo antipático, solo advierte a un sector excluido de nuestra sociedad sobre los costos de la promiscuidad. El cartón NO condena a ese sector, ni alienta su exclusión, eso ya lo hicieron las políticas públicas de este país.

Por lo tanto, nadie está libre de pecado como para tirar la primera piedra, menos la última. Acá lo que hay que hacer es mirarnos al espejo todos y preguntarnos si queremos dejar de ser miserables egoístas ocupados solo en nuestro ombligo y alinearnos detrás de un cambio de modelo en serio.

Abandonar este patético modelo donde, una vez, unos son un poco menos ricos que los otros, y, la vez siguiente, les toca ser a ellos un poco más ricos, siempre sacrificando la misma masa pobre de siempre, por un modelo inclusivo de veras donde exista una real justicia social fundada en el progreso general.

Pero, para eso, claro está, se debe ser, ante todo, una sociedad educada, algo que ya quedó probado que nadie quiere, pues significaría el apocalipsis de este modelo político de explotación de la pobreza.

Norman Robson para Gualeguay21