Parece mentira que ya dentro del siglo XXI, en plena era del conocimiento, la información sea un cuco a temer y no un recurso a administrar de forma digna y conveniente. Así resulta de observar el comportamiento de instituciones públicas y privadas a la hora de tener que comunicar, y el rol de las redes sociales cuando éstas no informan en tiempo y forma.

Si bien en el pasado, cuando no existía la globalización, las entidades de distinto tipo acostumbraban a escatimar la información, o recurrían al silencio absoluto, nadie se enteraba y no pasaba nada, en la actualidad, las noticias vuelan, informalmente, a través de las redes sociales.

Pasa aquello de que el que calla, otorga: la ausencia total de información acreditada permite a la sociedad imaginar cualquier cosa, y ésta así lo hace, compartiéndola con el resto de la sociedad a través de las redes sociales en un gran juego del teléfono descompuesto. 

Vale recordar que, cuando algunos éramos chicos, en los recreos, a veces, solíamos jugarlo. Empezaba uno diciéndole, en el oído, al de al lado, una frase cualquiera, que éste la comunicaba del mismo modo. Cuando el último la recibía, la decía en voz alta para que la escucháramos y todos nos descostilláranos de risa, pues no tenía nada que ver con la original. La frase, por malas interpretaciones y supuestos, se había ido modificando.

Algo similar es lo que ocurre cuando pasa algo y hay silencio. Las redes sociales reaccionan instantáneamente con malas interpretaciones y supuestos, teñidos de miedos y prejuicios, cuando no de mala intención, y todo esto se reproduce vertiginosamente contaminando a toda una sociedad, a veces provocando daños innecesarios. Esta situación se agrava aún más cuando aparecen las fakenews al servicio de intereses espurios.

Para que esto no ocurra, las entidades deben aprender a manejar la información, y para ello deben entender que deben informar primero ("el que informa primero, informa dos veces"), y que deben hacerlo en toda la dimensión de la incertidumbre (sin dejar silencios de ningún tipo). 

En otras palabras, deben saber que lo único que puede neutralizar o contrarrestar la "voz extraoficial", es la "voz oficial", y que, cuando no hay, o no se quieren dar, respuestas sobre algo, no se debe eludir ese algo y algo debe ser dicho. De ese modo, no habrá silencios sobre los cuales la sociedad pueda imaginar. O sea, la voz "oficial" repetida por entidades "conocidas" siempre es más creíble que cualquier otra.

Por último, vale señalar que la culpa no es de las redes sociales, ya que éstas son solo herramientas de las que dispone la sociedad para comunicarse y manifestarse. La responsabilidad, en todo caso, es de las entidades, sean públicas o privadas, ya que es su deber adaptarse a los nuevos modelos sociales si quieren comunicarse con su sociedad.

Norman Robson para Gualeguay21