Necedad, egoísmo, negligencia, capricho, impiedad, vanidad, irresponsabilidad, oportunismo, incompetencia, estupidez, soberbia, impericia, hipocresía e imprudencia. Solo por mencionar algunas de las miserias que desnudó la pandemia. Miserias nuestras, bien nuestras. Miserias que me hacen temerle menos al virus y más a nosotros mismos.

Nosotros mismos como gobierno, como ciudadanía, y como economía, en el contexto de una crisis sanitaria sin precedentes. Esa perversa Santísima Trinidad que todos componemos en la forma de una pirámide, hueca de cualquier valor moral, cuyas tres aristas, gobierno, ciudadanía y economía, comparten la misma base de miserias.

Arista 1: Nosotros gobierno y la torpeza del elefante. La indecisa y trémula reacción del Estado frente a un flagelo que, aunque sin antecedentes, no lo sorprendió como lo hizo en China y Europa, dejó mucho que desear. Las ventajas de saber de qué se trataba varios días antes de que llegara, y de que nos encontrábamos saliendo del verano, se despilfarraron entre la indolente burocracia de los gobiernos y la indecisión de su funcionariado.

Arista 2: Nosotros ciudadanía y la viveza criolla. La conducta de indiferencia y egoísmo de los individuos frente a la pandemia, confiados en el "no es para tanto" y el "a mí no me va a pasar", despreciando la gravedad anunciada y desaprovechando la información adelantada, colaboró en la propagación del virus ignorando o evadiendo las normas dispuestas desde el Gobierno.

Arista 3: Nosotros economía y la ventajita de siempre. El oportuno aprovechamiento por parte de industrias, comercios, y otras actividades económicas, de la situación suscitada a partir de la pandemia, tanto cobrando de más y reteniendo productos, como usando la pandemia de excusa para postergar compromisos o deshacerse de personal.

Pero, más allá de esta peculiar trinidad cultural argenta, la pandemia desnudó las dos caras de una sociedad, esa que dice una cosa y hace otra, a la vez que dejó que el diablo vuelva a meter la cola, dividiendo la sociedad entre los buenos, estatales mantenidos para quedarse en la casa, y los malos, aquellos que si se quedan en la casa no comen.

Lamentablemente, la miseria quedó al desnudo. Miserables como gobierno, como ciudadanos y como actores económicos. Miserias que son alimento para cualquier virus, no solo para este, y para cualquier flagelo, sea biológico, social, económico o cultural.

Seguramente, este virus pasará, y, tras él, dejará sus huellas. Ojalá que, cuando eso pase, podamos mirarnos al espejo, y a la cara entre nosotros, y no dedicarnos a señalar culpables, porque en esta, todos fuimos y somos culpables.

Norman Robson para Gualeguay21