Hoy sigo creyendo que Alberto Fernández es un político perverso e hipócrita que se asoció a los corruptos para acceder a la Presidencia de la Nación. Ahora bien, debo reconocer que, como Presidente, capitaneando un país quebrado a través de una crisis sanitaria sin precedentes, nos ha sorprendido gratamente a todos. Quién lo hubiera dicho.

A pesar de haber sido abandonado por gran parte de sus secuaces políticos, y de contar con un gabinete desvalido, Alberto colocó la salud por arriba de la economía, alineó a todo el país en ese sentido, está imponiendo un decreto con total autoridad, y está desarrollando medidas que permitan paliar el impacto económico de la crisis.

Definitivamente, no es poca cosa. Presidente, argentino, coherente y con lo que se debe tener son atributos que no recuerdo haber conjugado alguna vez después de Alfonsín.

"¿Quién va a pagar todo esto?", se preguntan, mientras tanto, los del frustrado cambio. Buena pregunta, pero lamento informarles que a nadie le importan el dolar, la inflación, la emisión o el riesgo país. Para el dueño de Dylan, y para los argentinos, hoy hay que hacer lo que hay que hacer: defender al pueblo de la pandemia, después se verá cómo se resuelven los quebrantos económicos que queden por saldo. Los cuales, sin lugar a dudas, no van a ser pocos.

Hoy, ni Alberto, ni ninguno de nosotros, sabe cómo terminará todo esto, ni en muertos, ni en quiebras, pero sospecho que él se dio cuenta de una cosa: que somos una de las naciones más ricas del mundo, y que, cuando termine todo esto, nos necesitarán, tal vez, más que nunca.

Pasa que seguiremos teniendo, intactos, nuestra tierra fértil, nuestras cadenas alimenticias, nuestros recursos energéticos, nuestros mares y ríos, nuestras playas, montañas, lagos, selvas, y tantas otras cosas. Todo inevitablemente necesario para cualquier nuevo modelo.

Al mismo tiempo, Alberto sabe que el virus dejará a los argentinos que sobrevivan más unidos, sin tanta grieta, más conscientes. Sin dudas, eso le facilitará la tarea de liderarnos en una reconstrucción a la altura de la oportunidad que que signifique el final de la crisis.

Sea como sea, creo que él sabe que la Argentina será ese país rico de siempre, aunque un poco más quebrado que antes, pero vivo, y más unido que nunca, lo cual le será más que suficiente para salir a disputar un lugar en el nuevo orden que proponga el desenlace de esta pandemia.

Esa parece ser la gran apuesta de Alberto, la que le puede valer el marmol con el que todo político sueña y que ningún dinero puede comprar, a la vez que tendría la suerte de que, al final de esta tormenta, queden sepultados todos aquellos que se le asociaron para poder morder un pedazo del país. 

Por otro lado, él ya está sabiendo que, al final, estarán a su lado solo los que están hoy: aquellos que entendieron el desafío que enfrenta la Nación, sean tropa propia o ajena. ¡Cómo lo siento por quienes creyeron que se salvaban!

Por todo ésto es que me veo obligado a reconocerle a nuestro actual Presidente su acertada conducción del país en ésta crisis, sin simpatía, sin obsecuencia, pero sí con el mayor de mis respetos. Hasta le agradezco al destino que sea él quien está a cargo, ya que me cuesta imaginarme ésto en las manos de Cristina o Mauricio.

Por último, debo reconocer, antes de hacerlo, que nunca me imaginé tener que escribir esto: "Vamos, Argentina. Vamos, Alberto. Estamos con usted, Sr. Presidente". Quién lo hubiera dicho.

Norman Robson para Gualeguay21