Siempre hubo sectores vulnerables, y los seguirá habiendo. Vulnerables por su poder económico, por su nivel educativo y, también, por sus costumbres. Y, a partir de la pandemia, vulnerables por su estado de salud. Abrir la feria del CIC es como una remake de cuando sacaron todos los jubilados a la calle para cobrar, o, exagerando un poco, una versión aggiornada de un horno de Auschwitz.

Si, es exagerado, pero vale ante la magnitud de la maquiavélica perversión oficial. Ni a los genios del terror, como Stephen King o Edgar Allan Poe, se les ocurriría un cuento donde el poder convoque al sector más vulnerable a una concentración tipo mercado en pleno pico de una pandemia.

Ellos deberían saber que la gente vulnerable se encuentra más comprometida que los demás por la crisis sanitaria que atraviesa a la sociedad, la cual los encuentra con las debilidades propias de la necesidad, del desconocimiento sobre la gravedad del caso, y, generalmente, de la imposibilidad de cumplir con los recaudos sanitarios que exige la situación.

Hasta ahora, las restricciones del DNU habían confinado a esta gente a su territorio, lejos de cualquier contagio traído por los sectores medios y altos, y, gracias a ello, las mantuvo protegidas. Pero la flexibilización, de a poco, la va sacando del territorio, exponiéndola al contagio. Tal como ocurrió en las villas de CABA y Buenos Aires, las cuales hoy concentran la mayor cantidad de casos, y muertos.

Estos sectores no tienen las facilidades, ni las posibilidades, que tienen quienes viven en el centro. No tienen la consciencia sobre lo que ocurre, ni las costumbres de protegerse, ni una calidad de vida que pueda ayudarlos a superar esto.

En otras palabras, alguien de este sector difícilmente se preocupe por una tos con un poco de fiebre, como se preocuparía alguien del centro. Ni iría al hospital tan rápido, ni quienes tomaron mate con él lo harían, ni quienes compartieron la misma habitación.

Tampoco tienen la misma infraestructura. La gente vulnerable no tiene calefacción, ni agua corriente, ni cloacas, así como tampoco tiene el mismo acceso al transporte, ni, mucho menos, a la salud. A sus barrios difícilmente lleguen algunos derechos, pero si llegan los problemas, las necesidades. Esos problemas y necesidades que los movilizarán hasta el CIC el sábado, simplemente porque no tienen opciones.

Es por todo esto que se los llama vulnerables. Por estar expuestos, por ser débiles. Es por eso que resulta infame y cruel que quienes deben cuidarlos, protegerlos, los convoquen a un espacio de contagio seguro. Es, sencillamente, un ataque a la vulnerabilidad.

Norman Robson para Gualeguay21