A lo largo de la historia, el hombre ha utilizado su creatividad para inventar fábulas que recrearan instancias de la vida real. Algunas de éstas alegorías populares, de autores anónimos, hoy se me han hecho presentes para recrear este momento de nuestra vida en el que atravesamos una crisis sin precedentes.

Al cumplirse estos dos meses de cuarentena, y en plena flexibilización, meditaba sobre una suerte de balance y recordé la fábula de los dos conejos, aquellos que huyeron del zorro y se escondieron en su madriguera. Invadidos por el miedo, permanecieron allí largo rato, en el más absoluto de los silencios.

Finalmente, uno rompió el silencio y dijo: "bueno, ya está, salgamos", y el otro reaccionó: "no, no, está el zorro y nos va a comer". El efecto del hambre fue haciendo lo suyo y, cada, tanto, se repetía el mismo diálogo. Por última, uno de los conejos decidió abandonar al otro y salir de la madriguera, mientras que, el otro, prefirió quedarse.

Transcurrido el tiempo, el hambre se hizo intolerable y el conejo escondido también salió a la luz. Una vez afuera, se encontró con el otro, quien estaba verdeando feliz. Por desgracia, al conejo no le quedaban fuerzas suficientes para comer, y murió.

Reflexioné sobre esto mientras miraba la creciente normalización por la ventana, y me sentí como el conejo encerrado en su cueva. Me sentí víctima de mi cobardía, y un manto de incertidumbre se sirnió sobre mi porvenir. Fue entonces, tentado de salir a la calle, que recordé la fábula de las dos ranas.

Aquella cuenta que, mientras jugaban en la cocina de una casa, dos ranas se resbalan y caen dentro de un balde de leche. Una vez dentro, comienzan a patalear para no ahogarse, y una le dice a la otra: "pataleá fuerte así la leche se pone dura y podemos saltar afuera".

Al rato de patalear, una se muestra cansada y dice: "esto no funciona, nos vamos a morir", a lo que la otra le responde: "no, no, créeme, funciona, ya vas a ver", y la alentó a seguir pataleando y manteniéndose a flote.

Ese diálogo se repitió cada tanto, hasta que, por el cansancio, la rana incrédula dejó de patalear, se dejó hundir y se ahogó, mientras que la otra prefirió no mirarla y seguir pataleando. Al rato, la leche se endureció y pudo saltar fuera del balde.

Reflexionaba sobre esta nueva fábula mientras, más allá de la ventana, seguía la tentadora normalización. Yo, ahora, me sentía identificado con la rana sobreviviente. Estaba en eso cuando recordé la fábula del cerdito mentiroso que asustaba a sus hermanos con la presencia del lobo.

Norman Robson para Gualeguay21