La crisis sanitaria mundial sumergió al planeta en una profunda crisis económica, de la cual quedará un nuevo mundo, marcado tanto por nuevas costumbres sociales, como por un nuevo modelo económico. Pero, primero, habrá que superar este proceso que enfrentamos. 

Repasemos esta situación. A partir de las cuarentenas, en los países que las aplicaron, o de las muertes, en los países que no, las economías colapsaron alrededor del globo. Hasta las potencias hegemónicas como Estados Unidos hoy sufren el rigor de la pandemia. ¿Qué podemos pedirle a la historicamente maltrecha economía argentina?

Acá, de un día para el otro, se detuvo el consumo, salvo lo esencial, y se pararon las grandes cadenas productivas que no fueran indispensables para sobrevivir. En un instante, una gran parte de la sociedad se encerró en su casa, dejó de producir, y dejó de consumir, con el consecuente impacto en la economía.

De ese modo, muchos dejaron de vender, dejaron de comprar, y, después, dejaron de pagar, no solo la cuentas, sino, también, los impuestos. Dicho de otra manera, se cortó la cadena de pago, y se detuvo la recaudación.

Esto empezó en marzo, y siguió en abril y mayo. Habida cuenta de l situación, el Gobierno, desde el primer DNU, para contenerla, dispuso una serie de asistencias económicas "universales" en términos de subsidios: el IFE, la ATP y los préstamos a tasa cero.

Frente a la caída de las recaudaciones, y para afrontar, aparte del ya engrosado presupuesto, la multimillonaria asistencia, el Gobierno comenzó a emitir más y más billetes, disparando la ya acelerada inflación.

Sabiendo que la situación era más que delicada, y que sería insostenible, comenzaron a flexibilizar la actividad económica por sector, y, a partir de esto, se hizo imposible contener a la sociedad, la cual se volcó desesperada a las calles. Era mayo.

En este punto, el grado de desorden en casi todos los territorios comenzó a desnudar una cruda realidad: los gobiernos territoriales, salvo contadas excepciones, no están capacitados para gobernar la crisis. Ni moral, ni operativamente. Ni en La Matanza, ni en La Quiaca. 

Por otro lado, como el aislamiento había impuesto una suerte de ahorro forzoso en parte de la sociedad, ésta se volcó instantáneamente al consumo, produciendo una suerte de "espejismo" economico que nos hizo creer que la economía se recuperaba, pero había muchos sectores, formales e informales, que ni siquiera habían reiniciado sus actividades.

De esta manera, fracasaron los protocolos, estallaron los contagios en muchas partes, y, en el AMBA, se volvió atrás, al aislamiento y a la suspensión de actividades, agravando la situación del Gobierno Nacional, a quien cada vez le alcanza menos para pagar su gasto, la asistencia y las coparticipaciones. Entonces, siguió emitiendo.

Mientras tanto, en las provincias, lo que recaudan tampoco les alcanza para pagar sus gastos públicos, y, como no pueden emitir, buscan aumentar los impuestos, o cualquier forma de hacerse de liquidez. Un ejemplo de ésto es la emergencia "solidaria" propuesta por Bordet.

Es así como llegamos a esta situación, en la cual no hay que ser un gurú del down town para darse cuenta de que allá no se puede seguir emitiendo sin respaldo, y en las provincias no se pueden hacer milagros.

¿Y antes qué hicimos? En el pasado, cualquier incendio provincial fue apagado por la Nación. Si no recordemos a Néstor Kirchner llegando a Entre Ríos en el 2003. De igual modo, cuando lo que se incendió fue el país, fue la banca mundial, y otros países, los que nos lo apagaron. Si no recordemos cómo construimos tantas veces nuestra deuda externa.

Pero, esta vez, cada bombero del mundo está ocupado apagando su propio incendio, pues el fuego alcanza a todo el planeta. Por esta razón, esta vez, no hay quien pueda auxiliar a la Argentina, ni, mucho menos, a sus provincias.

De acuerdo a esto, la Argentina avanza, irremediablemente, a un colapso, primero económico, luego, indefectiblemente, social, y, por último, definitivamente político, de inimaginables dimensiones.

¿Cómo sería este colapso? Algo así como la quiebra del Estado Nacional, donde éste no puede enfrentar sus principales compromisos, y arrastra con él a las administraciones provinciales.

Por lo tanto, las preguntas del millón son las siguientes: "¿Se puede evitar el colapso?" y "¿Cómo se hace para recuperar un país de esta crisis sin el auxilio externo y sin emisión monetaria?". Mi respuesta a la primera sería que, por la idiosincrasia política que nos manda, sería inevitable, y, a la segunda, que una recuperación solo sería posible con gobiernos capaces de gobernar la crisis, en general, la producción de riquezas, en particular, y todo en un contexto de estricta seguridad sanitaria.

Entiéndase por gobernar la acertada administración en beneficio del común, y no del particular, entendiendo por producción el trabajo eficiente convertido en bienes, y entendiendo por seguridad sanitaria la adopción de costumbres (protocolos) en pos de la salud.

Ahora bien, en este escenario, cada gobernante, y cada sociedad, deberán entender que ya no hay espacio ni tiempo para miserias y mezquindades, ni para ningún tipo de viveza criolla, sino que enfrentamos ya un abrupto cambio de paradigma para la Argentina. Esa sociedad, que tan bien se adaptó al populismo, debe ahora comprender que no hay a quien pedirle la escupidera, porque todos las están usando.

En este contexto, debemos entender que la autoridad ordenadora de la producción de riquezas es la Provincia, mientras que la autoridad ordenadora de la convivencia está en los territorios, en los municipios. De esta manera, la Provincia y sus comunas, esas que fallaron en la flexibilización, son las que, alineadas o no con el Gobierno Nacional, deberán, por las buenas o por las malas gobernar la situación.

Por las buenas sería, en sintonía, alineándose todos los gobiernos, el nacional, los provinciales y los municipales, detrás de un proyecto común. Un escenario donde los tributos a la Nación (regalías, retenciones, IVA, etc.), son devueltos como corresponde (coparticipación, obras, etc.) a las provincias y éstas a las comunas, reduciendo drásticamente el gasto público y promoviendo la generación de riquezas.

Y por las malas sería que se rompa ese ida y vuelta de recursos por la incapacidad de reducir el gasto y promover la producción, obligando a cada provincia a actuar como estado independiente, levantando fronteras económicas y sanitarias entre las otras provincias, blindándose de cualquier impacto de quebrantos ajenos y de cualquier enfermedad circulando.

En definitiva, enfrentamos un inevitable colapso económico, social y político que nos dejará nuevas costumbres, un nuevo modelo económico, y un sistema político a la altura de éstos. El cómo enfrentaremos esto es el misterio del presente que nos aqueja, donde importa la capacidad de gobierno por sobre las ideologías. Sea como sea, el horizonte se presenta como tormentoso.

Norman Robson para Gualeguay21