Todos se preguntan hasta cuando, pero sin entender que la crisis sanitaria durará hasta que abandonemos las viejas costumbres, y adoptemos nuevas de acuerdo a lo que exige ésta nueva realidad. O sea que el desafío que enfrentamos no es un virus determinado, sino que es un cambio cultural en cuanto a costumbres, conductas y actividades sociales y económicas. Como el Estado se lava las manos, de nosotros depende.

No es cierto que hoy la única vacuna sea cuidarnos, ya que, si solo nos cuidamos, descuidamos nuestro sustento, y las consecuencias serán iguales o peores. Hoy la salida está, y estará de ahora en más, en adaptarnos y adecuarnos a la nueva realidad, y, en ese sentido, adaptar y adecuar todos nuestros quehaceres a los protocolos que exige cada situación.

Veamos: Gobernar esta crisis sanitaria, evidentemente, es un desafío que le ha quedado demasiado grande a la clase dirigente argentina, y, dentro de ésta, a los gobernantes, quienes, en lugar de gobernar, y con la silenciosa complicidad del resto, aprovechan la natural resistencia de la gente al cambio para culparla de todo, mientras no hacen nada para liderar a la sociedad hacia los cambios que exige la situación. 

Ante ésta ausencia de liderazgo, y de autoridad, la propia sociedad debe comenzar, urgente, a arreglárselas sola para salir de esta crisis, ya no sanitaria, sino más política que otra cosa. Para eso, los ciudadanos debemos entender que, para protegernos del covid-19, y de cualquier otro virus, mutación del mismo o diferente, que llegue en el futuro, debemos modificar nuestras costumbres para evitar los contagios.

En este sentido, debemos aceptar que, si bien puede parecer que la agresividad de este virus es cuestionable, así como su morbilidad, lo cierto es que incrementa la demanda de una atención específica en salud, que no tenemos, y que termina con la vida de quienes podrían, y querrían, seguir viviendo. En otras palabras, el coronavirus reduce significativamente nuestro acceso a la salud, y, por consiguiente, nuestra calidad de vida, cuando no termina con la vida misma.

Por lo tanto, como todos queremos vivir más y mejor, debemos defendernos del impacto de este virus, y de los que puedan venir. Para ello debemos adaptarnos y adecuarnos a esta nueva realidad reinventándonos y reinventando todo de un modo que garantice que el virus no se propague. Solo así, y de ninguna otra manera, podremos recuperar los niveles de prosperidad y libertad alcanzados antes de la llegada de este virus, tanto en lo individual como en lo común.

Lamentablemente, a cinco meses de iniciada la crisis, el Estado sigue ausente, nosotros seguimos resistiéndonos a todo esto, y soñamos con que desaparezca el virus por arte de magia, cuando nos han dicho ya que la vacuna, de estar, estará, recién, para mediados del año próximo. Seguimos rechazando los protocolos cuando son el único camino a salir de todo esto.

Los protocolos, su diseño, su aplicación y su control es responsabilidad de las autoridades, pero, al no existir éstas, los ciudadanos debemos reaccionar de alguna forma, pues solo así recuperaremos nuestra vida social y nuestra actividad económica. Solo adaptando todo según los requisitos sanitarios de seguridad establecidos por los protocolos correspondientes. Solo volveremos a abrazarnos, a viajar, a festejar, a bailar, a gritar goles, a aplaudir el arte, o a alentar esfuerzos, cuando adecuemos ésto a la nueva realidad, no cuando desaparezca el virus, ni cuando salga la vacuna.

O sea, esto se terminará cuando nosotros, ante la imperdonable falta de autoridades, aceptemos todo ésto y pongamos manos a la obra en adaptarnos y adecuarnos a la nueva realidad.

Solo de nosotros depende.

Norman Robson para Gualeguay21