Así como alguna vez nuestros indios tomaban cautivas a las mujeres blancas y las sometían a sus pretenciones hasta que morían en cautiverio, hoy, siglos después, la sociedad argentina fue captada por el poder y sometida a las pretenciones del mismo sin posibilidad a la vista de que pueda liberarse.

La Argentina es una de las naciones más ricas del mundo en recursos económicos y en patrimonios culturales, pero lleva décadas con un crecimiento continuo de sus niveles de pobreza y de ignorancia. Este contrasentido no es una casualidad, sino que obedece a una estrategia política que la mantiene cautiva de quienes así se perpetúan en el poder.

Tal es la riqueza de sus tierras, de sus yacimientos, de sus ríos y mares, y los exitos de sus científicos, de sus artistas, de sus empresas, que la Argentina ha merecido elogios de todo el mundo en todos los aspectos. Pero, de la misma manera, tales han sido sus desaciertos a lo largo de su historia que ha merecido el rechazo todo el mundo en todos los aspectos.

Tal es la contradicción de la Argentina que, mientras el arco de poder, a través de los medios hegemónicos, entretiene a su sociedad con estériles debates, a los cuales ésta se suma fervientemente, todas las cuestiones de fondo que hacen a su bienestar y desarrollo siguen sin resolverse, como la salud, la educación, la seguridad, la economía, etcétera. Eso sí, los bolsillos particulares de quienes ostentan el poder no dejan de enriquecerse.

Desde el regreso a la democracia en los 80s, la sociedad argentina viene siendo sometida a un sistemático proceso de empobrecimiento y deseducación, a la vez que se le ha impuesto, y se le mantiene y alimenta, una grieta ideológica sin ningún sustento de realidad. Una estrategia milenaria de dominio de las masas, "divide y reinarás", que le sirve al poder para perpetuar este estado de violento conflicto que vivimos.

Nada de esto es casual, como tampoco lo es la política de derechos sin obligaciones, que solo promueve una profunda frustración en la sociedad, ni lo es la teoría de las mil verdades, por la cual nadie sabe la verdad y todos viven en la incertidumbre. Todas políticas de Estado que son parte de una misma estrategia, la cual apunta a la perpetuación del dominio.

Este proceso de degradación social fue ideado y aplicado por una oligarquía política argentina liderada por los grupos políticos, sin distinción de color, acompañados por sindicatos y otras corporaciones afines, con el solo objeto de conservar el poder, y poder seguir enriqueciéndose.

Luego de los buenos resultados obtenidos con la demagogia y el clientelismo en el siglo pasado, con los cuales pudo dominar las clases bajas, el poder decidió en este milenio ir por la clase media, bastión cultural y económico que impedía la consolidación de su sometimiento.

El avance de esta degradación en la sociedad puede comprobarse en el alcance del empobrecimiento y de la deseducación en la otrora populosa clase media, principal motor de desarrollo socioeconómico de la Argentina. Pero no solo esto limita a la sociedad, sino que, también, se han desarrollado otros vicios sociales que colaboran con la opresión que hoy sufre la sociedad.

Revisemos esto. A la pobreza y a la ignorancia se le suman nefastos vicios que, entre todos, consolidan el cautiverio de la sociedad argentina. Entre muchos, la resignación a la desgracia, la naturalización del mal, el miedo a no poder, y la pretensión sin mérito.

Dicho de otra forma, el poder ha consolidado el cautiverio de la sociedad argentina, principalmente, empobreciéndola, privándola de educarse, naturalizando todo lo corrupto, enseñándole el derecho a tener e infundiéndole el terror a dejar de tener, y promoviendo su resignación a que pase lo que tenga que pasar.

A pesar de esta realidad ya evidente, como hechizada, la sociedad aún cree, y es feliz creyendo, los cuentos que les regalan sobre "la izquierda y la derecha", sobre "la redistribución de la riqueza", sobre "la igualdad de derechos", sobre "la República", sobre "las conquistas sociales", y tantas otras fantásticas fábulas. La sociedad prefiere creer todo esto, y repetirlo, con tal de mantenerse en su zona de confort, aunque esa esté en el último palo del gallinero al que se encuentra confinada.

De este modo, la sociedad argentina vive entretenida en una eterna lucha interna, donde el enemigo es el otro, y no quienes crearon y le impusieron esta situación. Una lucha estéril por efímeros fantasmas mientras va perdiendo valores que difícilmente pueda recuperar y que significan la extinción de su libertad, como la cautiva al llegar a vieja.

Una lucha dónde, sin darse cuenta, todos pierden para siempre la oportunidad de acceder a sus legítimos y verdaderos derechos:  conocimiento, trabajo, salud, seguridad y justicia, valores esenciales y vitales para cualquier sociedad que pretenda desarrollarse en este segundo milenio, en plena era del conocimiento. Sin esos derechos básicos, la sociedad argentina está condenada a ser una sociedad cautiva sin salida a la libertad de desarrollarse.

Norman Robson para Gualeguay21