Si uno pasa por una fábrica y ve una máquina funcionando entre otras muchas máquinas, todas en armonía, no puede pensar que su presencia allí es antojadiza o decorativa, sino que supone que la misma cumple un rol dentro del contexto general, que su presencia allí tiene un sentido. Bueno, lo mismo ocurre en nuestro universo, donde la existencia de cada componente de los reinos animal, vegetal y mineral tiene un sentido, y donde el ser humano tiene uno especialmente preponderante.

Sin lugar a dudas, la maquina más compleja de nuestro universo es el hombre, superior o diferente a las demás solo por haber desarrollado su capacidad de pensar, y por poder actuar de acuerdo a lo que piensa, con las consecuencias que eso ha tenido, tiene, y tendrá. Eso le confiere un exagerado protagonismo en la tan compleja como inquieta dinámica del universo.

De esto se desprende que es estúpido pensar que cada individuo nace, vive y muere sin un sentido. Pero, a pesar de que solo el hombre puede ser consciente de ésto, muchos ignoran, descreen o reniegan de eso, y pocos asumen la responsabilidad de imprimirle algún sentido a su vida.

Por lo tanto, el desafío del humano pensante, cuando llega a ser consciente, es determinar cómo justificar su existencia en el mundo, cuál es el sentido de esa oportunidad que le da el destino, cuál es su misión en esta vida. Dicho de otro modo, el desafío es determinar cómo contribuye con su existencia a esa dinámica del universo, en qué lo cambia con su contribución, por más pequeña que esa pueda ser.

Cabe señalar que no son pocos los ejemplares humanos que pasan por la vida, y se van, no solo sin saber esto, sino sin siquiera preguntárselo, pero eso no significa que su existencia no tenga un objeto, ya que algunos, en su ignorancia, sirven como número, y otros como ejemplo, pero todos existen en una perfecta armonía natural. Entiéndase por armonía al equilibrio entre las diferentes presencias y no a una relación de paz y concordia entre éstas.

Pero como la exagerada responsabilidad del ser humano es resultado de su capacidad de pensar, y decidir en consecuencia, su existencia resulta determinante en la dinámica del universo, sea de forma activa o pasiva, de modo individual o grupal, o para bien o para mal.

Todo esto obedece a una decisión consciente o inconsciente de cada individuo, de acuerdo a su mucha o poca formación cultural, propia de su comunidad étnica o de su grupo familiar. De acuerdo a esto, cada persona decide tener o no una mayor o menor participación, y adoptar o no un mayor o menor compromiso, consigo mismo o con los demás, según los valores morales que lo caractericen.

De este modo, cada individuo decide, por acción u omisión, qué grado de protagonismo tener dentro del universo, y, así, elije cómo justificar o no su existencia temporal dentro del todo, contribuyendo o no, de alguna manera, al desarrollo del mismo. En otros términos, así determina el sentido de su vida, la buena o mala razón de por qué y para qué existe.

Así es que toda vida, sea donde, como y cuanto sea vivida, tiene un sentido que, de modo consciente o inconsciente, se cumple de alguna forma antes de que llegue la muerte. ¿La muerte? Es solo el final de esa oportunidad de participar del universo y de cumplir con el mismo, o no. La forma de aprovechar o no esa oportunidad la propone cada uno, luego Dios o el destino la aprueban. O no.

Entonces, el quid de la existencia es reconocer la oportunidad, aceptar el desafío que significa, y darle un sentido, sin importar los contratiempos que pueda imponer la propia dinámica del universo.

Norman Robson para Gualeguay21