Tanto se dice, se escribe y se publica sobre este presente de caos sanitario y económico, con la evidente intención de sumir a la sociedad en la incertidumbre y el temor, que lo básico y sencillo sobre la pandemia termina encubierto, fuera del alcance de la gente, y una versión conveniente reemplaza a aquella de la real situacion. Es como si un bosque de plástico tapara el árbol de verdad.

Algo de lo cierto es que el virus ingresa a un territorio por ignorancia, descuido o negligencia de la gente, en su cuerpo y en las mercaderías, y se propaga a través de las costumbres sociales y económicas, por contacto con otros, con dinero o con mercaderías.

Otra cosa que es cierta es que, de acuerdo a la ley, son deberes indelegables del Estado, uno, instrumentar controles estrictos de personas y bienes que ingresen a su territorio; dos, diseñar e implementar, con el correspondiente control, protocolos de seguridad sanitaria que modifiquen las costumbres sociales y económicas; y tres, informar a la comunidad de la real evolución de la situación, apoyándola con campañas de concientización; todo para evitar el ingreso y la propagación del virus.

Por eso, cuando el Estado no controla los ingresos, ni ordena la convivencia social y económica a través de protocolos, ni informa sobre lo que ocurre, en nada evita el ingreso del virus, ni su propagación, ni la toma de consciencia, lo cual lo convierte en el único responsable del desastre sanitario.

En este contexto, la rebeldía social es natural en todo sentido, ya que la resistencia a cualquier cambio, como a cualquier norma, es natural en el ser humano. De ahí que existan las leyes y las autoridades que las cumplan y hagan cumplir.

Ahora bien, cuando el Estado no solo libera el ingreso y propagación del virus, sino que no se hace cargo y responsabiliza a la gente por la situación resultante de su ausencia, y permite la manipulación de la información, no solo incumple con sus deberes públicos en perjuicio directo de sus gobernados, sino que, encima, pretende encubrir su incumplimiento culpándolos de no cumplir con una supuesta "responsabilidad individual".

Más allá de lo justo y técnico de todo esto, lo cierto es que las necesidades sociales y económicas imperativas crecen día a día condenando a la sociedad a un inminente colapso, donde el estrago del virus puede ser menor al de la recesión, generalizando la pobreza y la inseguridad. Frente a esta situación, el tiempo que tarde en reaccionar la sociedad civil, quien, en teoría, debe ser contralor del poder político en defensa de la gente, será definitorio en la supervivencia del territorio.

Lo expuesto hasta aquí no obedece a un punto de vista caprichoso sobre una realidad discutible, sino que es la descripción fiel y concreta de lo que ocurre actualmente, de lo que pasa en diferentes territorios de Entre Ríos y de la Argentina. Este es el árbol detrás del gran bosque que nos muestran.

Norman Robson para Gualeguay21