La trata de personas es una realidad criminal que nos avergüenza como seres humanos. Su finalidad es la explotación laboral o sexual, la pornografía infantil, o la extracción forzosa e ilegítima de órganos.

Es un drama muy serio que nos muestra la bajeza en que se consigue caer. Cuando una persona se puede comprar, ofrecer o alquilar como si fuera un objeto estamos ante un síntoma severo de descomposición social.

Hoy realizamos la “Jornada Nacional de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas”, como fecha cercana al 23 de setiembre, día de la promulgación en 1913de la denominada Ley Palacios. Dicha ley fue la primera, a nivel mundial, en proteger a las víctimas de trata con fines de explotación sexual. Y en Argentina la mayoría de las organizaciones toman esta fecha para la visibilización y sensibilización sobre el delito de la trata.

En este tiempo en nuestro País, se está desarrollando una fuerte avanzada de grupos reglamentaristas que intentan influenciar en el gobierno nacional para que se considere la prostitución como un trabajo. Es un error. No existe el derecho a oprimir ni usar a nadie. Vivimos en una sociedad con valores distorsionados.

El “consumidor” es prostituyente. Se pretende justificar conductas perversas con argumentos que contienen resabios de pseudo-cultura machista y con una mirada de la sexualidad en un marco hedonista y frívolo. “Una relación que no respete el hecho de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, constituye un crimen grave contra la humanidad” (Benedicto XVI, 7 de noviembre 2011).

Las víctimas suelen ser niños, niñas, adolescentes y jóvenes, y cerca del 90% son mujeres. Por lo general son llevadas lejos de casa al principio con engañosas propuestas de trabajo o estudio, aunque no falta también el secuestro lisa y llanamente. Luego son mantenidas en cautiverio por medio de cadenas, violencia y golpizas, o amenazas de matar a algún miembro de la familia si se escapan. Otro modo extendido de sometimiento es hacerlas adictas a alguna droga, obligándolas a prostituirse para suministrarles las dosis de sustancias según el grado de dependencia química.

Este delito es llevado adelante por organizaciones criminales, mafias que operan impunemente por medio de sobornos o amenazas a quienes debieran controlar y hacer cumplir la ley.

Otro de los destinos de las personas robadas o retenidas ilegalmente es el trabajo esclavo. Se las somete para producción de prendas de vestir, falsificadas o reales, de marcas importantes en talleres clandestinos, o para el trabajo rural.

A su vez, las empresas y negocios que comercian prendas elaboradas en talleres clandestinos también son cómplices de opresión. No pueden ignorar el origen de la ropa que venden. Bajar los costos a expensas del trabajo esclavo es una grave inmoralidad. Somos llamados a unirnos en el cuidado de los más frágiles. “¡Juntos contra la trata! Solo juntos podemos derrotar esta plaga y proteger a las víctimas. La oración es la fuerza que sostiene nuestro compromiso.” (Papa Francisco 8 de febrero 2020)

El Profeta Isaías, siglos antes de Jesús denunciaba a parte de su pueblo: “las manos de ustedes están manchadas de sangre y sus dedos de iniquidad; sus labios dicen mentiras, sus lenguas murmuran perfidias (…). Sus obras son obras de maldad y en sus manos no hay más que violencia; sus pies corren hacia el mal; se apresuran para derramar sangre inocente”. (Is 59, 1-7)

El Papa nos abre su corazón acerca de esta plaga: “Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda”. (EG 211)

Un saludo de Año Nuevo a nuestros hermanos judíos. ¡Shaná Tová Umetuká!

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social