En mi casa familiar todos colaborábamos en las tareas hogareñas. Cada quien según sus posibilidades y habilidades. De manera especial cuando teníamos invitados, o los domingos, momentos en los cuales había más trabajo en la cocina. Yo solía preguntar a mi mamá: “¿Te puedo ayudar?”. Y ella siempre me respondía: “sí, hijo, poné la mesa…”, o encomendaba preparar las ensaladas, o pisar las papas para el puré; siempre había algo para hacer.

Cuando lo que iba a solicitar era un tanto más demandante de tiempo, empezaba diciendo “sí, hijito…”, como acompañando con una expresión de mayor ternura requerir un esfuerzo adicional.

Durante el almuerzo solía hacer alusión a las ayudas recibidas. “¡Qué bien pisadas las papas!”; “la lechuga quedó muy bien”. Era una manera de compartir logros, destacando la importancia de la tarea compartida.

Este jueves pasado celebramos la fiesta de la Virgen de la Merced, una advocación que surge en el siglo XIII. En aquellos años muchos cristianos eran tomados como esclavos, y obligados a abandonar la fe. San Pedro Nolasco sintió el llamado de Dios en su corazón para liberar a la mayor cantidad posible. Con gran esfuerzo y compromiso logró liberar unos cuantos, incluso poniendo en riesgo su propia vida. Pero solo no podía con semejante desafío. Cuando estaba fatigado y casi rendido, nos cuenta que tuvo una aparición de la Virgen María que le alentaba a formar una Orden Religiosa que se dedicara a la liberación de los cautivos. Era el año 1218.

De este modo María se mostraba con esta dimensión de la Merced, el modo de decir misericordia en aquel tiempo. Durante el tiempo de la dominación árabe en España, los mercedarios liberaron unos cien mil esclavos.

Si le preguntamos hoy a la Virgen María “Mamá, ¿te puedo ayudar?”, la respuesta es “sí, hijo, poné la mesa para los pobres, asumí compromisos concretos para liberar a quienes están padeciendo esclavitud, los adictos, los que sufren violencia en sus casas, los oprimidos y explotados, los excluidos y sobrantes. Impulsá la promoción humana de quienes están en las periferias o fuera de la consideración de la sociedad”.

Cada hombre y mujer de fe, de modo personal, estamos llamados a escuchar el pedido de la Madre. Pero consideremos también que María es imagen y figura de la Iglesia, que también tiene la misión de trabajar por la liberación de toda esclavitud y opresión en cada comunidad cristiana. Estamos llamados a un compromiso en común.

En setiembre y octubre tenemos varias fiestas dedicadas a la Virgen como Nuestra Señora de la Consolación, de los Scouts, de los Dolores, del Rosario de San Nicolás, del Rosario, del Pilar... Y el fin de Semana que viene la Peregrinación al Santuario de Luján, este año con un formato particular.

La devoción y cariño que tengamos por la Virgen se muestra en el cuidado que brindemos a sus hijos más frágiles.

Estamos concluyendo el Mes de la Biblia. La Palabra busca generar frutos en nosotros. Recordemos la bella expresión del Profeta Isaías: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé”. (Is 55, 10-13). Dejemos que la Palabra de Dios obre maravillas en nuestra vida.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social