En 1927, un siglo atrás, el filósofo español José Ortega y Gasset acunó el término "efebocracia", refiriéndose a la incipiente "tiranía de los más jóvenes", anunciando el ocaso de aquello que sostuviera Miguel de Cervantes, cuatro siglos antes, sobre que "la valía de cada cual solo se mide por lo que ya ha llevado a cabo". Uno como otro se referían al respeto por los méritos de los mayores como artífices del presente, y a los derechos "universales" de las nuevas generaciones.

Ante todo, recordemos que el respeto por los mayores nace con la civilización, ya que, desde el principio, el hombre no solo reconoció la responsabilidad de éstos en el presente, sino que, tambien, encontró en sus experiencias de vida los valores indispensables para acceder a un mejor aprendizaje. De ese modo, ese respeto formó parte siempre de la vocación instintiva de evolucionar que caracterizó al hombre.

La importancia de aquellos valores quedó a la vista a lo largo de toda la historia de la Humanidad, durante la cual todo paso o salto evolucionario fue siempre, de alguna manera, revolucionario. A pesar de lo traumático, primó siempre en el hombre la consciencia sobre su responsabilidad, la que lo llevó a crear mecanismos que lo protegieran de las consecuencias secundarias resultantes. Esos mecanismos se sostuvieron siempre en un complejo andamio de valores.

Precisamente, esos valores, fundamentales en la evolución humana, no los recogieron de la calle, ni los recibieron en alguna escuela, ni los incorporaron en algún doctorado, sino que conformaron parte del riquísimo legado de todos sus mayores, suerte de enseñanaza transmitida de generación en generación en forma de ejemplos, lecciones, obras o campañas.

Hasta no hace mucho tiempo atrás, nadie concebía rechazar o despreciar las experiencias de los más grandes, menos las de aquellos que habían sobrevivido a hambrunas, pestes o guerras, o se habían erigido como referentes de algún tipo. Era razonable, los más viejos tenían la experiencia y los valores que les habían dejado sus vivencias, que los hacía más sabios que los más jóvenes, y regalaban ese conocimiento en su afán natural de contribuir a la evolución de la generación siguiente. Eran los valores con que los mayores habían hecho lo que habían hecho, lo cual no era poca cosa.

Esto no trata de validar la gerontocracia (el gobierno de los ancianos) de la antigüedad, ni, mucho menos, restaurarla, puesto que la misma nunca contribuyó al desarrollo, y, por eso, quedó en la historia. Si bien los ancianos tienden siempre a resistirse a cualquier cambio, y, sin cambios, no habría evolución, no por ello, se deben descartar o rechazar sus experiencias como fuentes de conocimiento, ni, mucho menos, los valores que los guiaron en sus caminos.

Ésto trata sobre rescatar ese invaluable aporte de los mayores a las generaciones siguientes a lo largo de los tiempos: su aporte en valores y en evoluciones, ambos como un denominador común en todas las culturas. En valores como los conceptos o nociones de bien, de responsabilidad, de deber, de derecho, de bien común, de amor, de justicia, de igualdad, de familia, etcétera, y en evoluciones como la infraestructural, la tecnológica, la jurídica, la social, etcétera.

Conceptos y nociones sobre los cuales se construyó el mundo moderno, con todos esos beneficios que hoy las sociedades disfrutan. Nada de lo que hoy goza el mundo salió de un repollo, ni cayó del cielo, sino que todo es producto de la esforzada evolución del hombre, con vicios y defectos, con curvas y contracturas, pero siempre en el camino de su desarrollo gracias a lo pautado por sus valores.

Así fue por cientos de años. Hoy, las cosas pintan muy distintas. Desde un tiempo a esta parte, las nuevas generaciones parecen haberse olvidado de todos aquellos valores, y divorciado de sus mayores, renegando de sus méritos como genuinos artífices de ese presente que hoy tienen. Hoy, en nombre de sus derechos universales, imponen arbitrariamente, y de forma inconsulta, rumbos de inciertas consecuencias. Desconocen que esos derechos son conquistas de quienes los precedieron, en justa respuesta a sus deberes y obligaciones.

Lo peor de todo es que, al haberse desarrollado en su indiferencia, sin los valores legados como guía, perdieron el rumbo de la evolución, y, sumidos en la desorientación y el temor, se aferran inútilmente a cualquier fundamentalismo a su alcance, sin poder tomar consciencia del costo que pagarán por sus conductas, a la vez que se refugian detrás de una impenetrable soberbia, la cual no les permite escuchar razones de ningún tipo.

Si bien la rebeldía y la necedad, en todos sus tenores, han sido comunes en las nuevas generaciones, nunca fue común el desconocimiento del mérito de los mayores, ni, mucho menos, el rechazo de sus valores, y siempre, a regaña dientes o no, fueron adoptados y respetados.

Hoy estamos en una etapa de transición entre las generaciones de la vieja escuela y las nuevas, etapa en la que cada día se respetan menos los méritos, y más los derechos, pero sin imponer el cumplimiento de deberes y obligaciones, mientras que los valores se van convirtiendo en meras caricaturas del pasado. Todo esto parece llevar a la sociedad a un inevitable destino de quebranto social y caótica convivencia.

Para corregir esto, es preciso apelar urgente a las virtudes que aún distinguen al hombre civilizado de los animales, sin distinción de edad: la observación y la reflexión, para luego convocar a un encuentro intergeneracional, donde prime el respeto atendiendo responsablemente cada argumento, venga de donde venga. Solo así el hombre podrá recuperar el respeto por sus mayores, así restaurar los valores, y así retomar el rumbo de la evolución, algo tan necesario en estos tiempos de conflictos naturales que lo desafían a ser mejor de cara al futuro.

Norman Robson para Gualeguay21