Siempre dije que el buen Hamlet se equivocó. No era ser o no ser la cuestión, el desafío era saber, pues el saber, o el tener, definen el ser. En la modernidad, en especial a partir del consumismo, la gente dejó de valorar el saber, el conocimiento, y privilegió por sobre esto el tener, la propiedad. Conforme pasó el tiempo, el saber se fue despreciando, al punto de que la gente pasó a valer más por lo que tiene y no por lo que sabe. ¿Cuál es el costo de dejar de saber?

Si bien el saber fue el motor de la evolución que caracterizó al homo sapiens y a la humanidad durante varios milenios, e hizo posible todo lo que hoy la gente quiere tener, las nuevas generaciones parecen haber olvidado todo eso, si es que alguna vez lo supieron, y comenzaron a sufrir, aún sin saberlo, el costo de su ignorancia: algo así como una decadencia del ser humano.

Todo hace parecer que ignoran el origen de las cosas, cómo se gestaron y desarrollaron, y creen que todo su entorno de confort y placer cayó naturalmente del cielo, o fue así desde siempre. ¿Acaso estamos pasando abruptamente de la Era del Conocimiento a La Era de la Ignorancia, donde el Homo Sapiens, hombre pensante, deja de serlo...?

Hoy, el mundo moderno ya olvidó los variados beneficios del saber. Olvidó que, a la gente que sabe, nadie puede sacarle lo que sabe, a la vez que los que saben pueden enriquecerse unos a otros compartiendo lo que saben, y pueden construir, así, verdaderas usinas de conocimiento, de las cuales resulta el desarrollo. Así lo habían explicado sabios chinos y griegos en la antigüedad, y así lo interpretó el mundo por siglos. De ahí la evolución.

Pero llegó el consumismo, con su propaganda, para romper aquel modelo en que el crecimiento era fruto del saber, e impuso el tener como prioridad de la gente, y la necesidad de consumir se contagió entre la gente, al grado de generarle una necesidad. La gente, así, comenzó a valer por lo que tiene, y a estar condicionada por el miedo a no poder tener, o a dejar de tener.

Pasa que quien sabe, y es por lo que sabe, sabe que nada puede condicionarlo, lo que le permite ser realmente independiente y libre, a la vez que puede comprender la realidad en toda su dimensión. Al no ambicionar bienes, ni ser por lo que tiene, el individuo no solo aprovecha su libertad e independencia, sino que su presente y futuro dependen de él mismo y puede desarrollarse plenamente.

Mientras que quienes perdieron el respeto por el saber, eligieron tener, y ser por lo que tienen, son rehenes de su necesidad de tener y dependientes de su propiedad, pues pueden perder lo que tienen, pueden perderlo, pueden quitárselo, o se les puede romper, y, si lo comparten, tienen menos, y, así, pierden su libertad e independencia, quedando a merced del sistema consumista. Su presente y futuro, de ese modo, dejan de estar en sus manos y pasan a depender de los caprichos de la suerte.

Dicho de otra forma, desde el principio de la civilización, el saber es fortaleza y el tener es debilidad, quienes solo saben, son fuertes y sobreviven a los desafíos del destino, mientras que, quienes solo tienen, no. Pero, en la vorágine generacional, el mundo se olvidó de esto, se olvidó de que el saber es indispensable para el crecimiento, para el desarrollo, tanto social como económico, ese que genera comodidad y placer.

¿Cuál es el costo de dejar de saber? Cuando la tendencia es despreciar y postergar el saber, y los individuos se disputan el tener, la sociedad sufre en lo social, en lo económico, y e lo político. En lo social, la sociedad pierde el conocimiento, y, con el, los valores que pautan su convivencia, mientras que en lo económico, la productividad se cae y se posterga el desarrollo. En lo político, la degradacion social y la recesión económica exponen a la sociedad al abuso de sus dirigentes.

Más allá de éstos diagnósticos, la experiencia muestra que la postergación del saber ante el avance del consumismo alienta, en lo social, la pobreza, la ignorancia, la inseguridad y la violencia; en lo económico, promueve el desempleo y la inflación; y, en lo político, alimenta la corrupción y la incompetencia, todo junto sumiendo a la sociedad en una crisis crónica de difícil resolución. 

Norman Robson para Gualeguay21