Tengo casi 60 años de edad, unos 40 de consciencia política, y, de éstos, 37 de democracia. Sobreviví a Alfonsin, a Menem, a De la Rua, a Duhalde, a los Kirchner, a Macri y sobrevivo a Fernández. Esta experiencia sobre los sucesivos fracasos políticos de la Argentina me llevó a sospechar que todos fueron o son iguales. A partir de la pandemia, pude confirmarlo.

Estas cuatro décadas me permitieron descubrir que gran parte de nuestra clase política debe sus distintos y particulares fracasos a una misma cuestión común: su desinterés por lo público y su falta de compromiso con la gente, aspectos que redundaron en la ausencia de políticas públicas y, en lugar de éstas, medidas cortoplacistas, muñidas de elocuentes fotos y floridos discursos, que le permitieron y permiten sostener sus gestiones y perpetuarse en la política.

Del mismo modo, la pandemia también me dejó comprobar que, a partir de lo anterior, los argentinos que se suman a las huestes públicas, y luego resultan funcionarios con poder, no lo hacen para trabajar para el Estado, sino para servirse del mismo. Lo hacen para percibir un ingreso, sin importar si califican o no para la función que deban cumplir, ni si la cumplen o no. Solo les importa ser funcional al poder de turno, hacer carrera, y forjarse un futuro próspero como político.

Prueba de esto es la historia inmediata de nuestro país, desde mediados del siglo pasado, período durante el cual casi no ha habido políticas públicas desde los tiempos de Perón y Frondizi. Desde aquellos, las medidas y estrategias planteadas por unos y otros siempre obedecieron a lo conveniente para la oligarquía en el poder y no para la patria o su pueblo. Una práctica que desde siempre tiene objetos básicos como simpatizar, robar, perpetuarse.

De ese modo, las distintas castas políticas de hoy han heredado una práctica política alejada de cualquier ideología, y llevan adelante gestiones con las mismas miserias del pasado, que tendrán el mismo resultado que aquellas: el fracaso. Un fracaso que, como siempre, el pueblo argentino pagara con postergación, pobreza y deseducación.

Pero todo esto era disimulado por las propias riquezas del país, como las explotadas por los militares, las vendidas por Menem y las compradas por los Kirchner, siempre con importantes saldos para bolsillos particulares ajenos al pueblo. Los sucesivos fracasos se licuaron entre convenientes culpas y cómodas excusas que consintió la comodidad del pueblo.

Entonces llegó la pandemia y desnudó todo esto. La crisis demanda gobierno, sin espacio para elocuentes fotos y floridos discursos. Ya dejó de servir la saraza. Las gestiones al frente de los distintos estados nacional, provinciales y municipales y comunales, plagados de parásitos becados por favores, todos ignorantes de gobierno y viciados de prácticas espúreas quedaron expuestas en su ya indisimulable miseria.

A partir de la pandemia, y su profunda crisis, la vieja política y la nueva, los que quieren el oro y los que quieren el bronce, coinciden en una misma realidad desnudando la misma calaña moral. Esto ha redundado en un Estado cuya calidad se encuentra entre las peores del mundo. A la altura de Estados que tienen en común altos índices de pobreza e ignorancia, pero ninguno las riquezas de esta Nación.

De este modo, el virus nos desnudó la indiscutible realidad de que no tenemos gobierno; que, en su lugar, tenemos un Estado infestado e inútil; que estamos en quiebra económica y amenazados a muerte por un virus. Una situación de la cual solo se saldrá gobernando con un Estado de buena calidad. Un desafío muy difícil para los argentinos.

Norman Robson para Gualeguay21