Es identidad, es costumbre, es distinción. La cultura es un universo de cultos cultivados por cultores. Es el mundo de pasiones profesadas por los ciudadanos que distingue a una determinada sociedad de otra. Es el conjunto de creencias, costumbres y manifestaciones que identifica a una comunidad. El arte es solo un grupo de manifestaciones, apenas uno de sus tantos patrimonios. Los patrimonios culturales son los factores comunes entre los ciudadanos que conforman la soberanía cultural, a partir de la cual la sociedad se desarrolla como tal. 

Es muy común ver que la gente confunde cultura con arte, así como también es común ver como la cartera cultural de un gobierno se ocupa de promover el arte y no de desarrollar la cultura como factor de identidad que hace a la soberanía de esa sociedad. El problema de esta confusión entre arte y cultura es que lacera y debilita a la sociedad, ya que las energías se concentran en el arte y no en fortalecer y proyectar la consolidación de su cultura o soberanía cultural, a partir de la cual nace el progreso general. 

La soberanía de una sociedad es su capacidad de gobernarse a si misma sin necesitar de otras. De este concepto se desprenden la soberanía económica, la soberanía alimentaria, la soberanía energética y la soberanía militar, entre otras tantas, que sintetizan la capacidad de desarrollo y defensa de esa sociedad. En el caso de la soberanía cultural, ésta es la capacidad de preservar y desarrollar la identidad e idiosincracia del conjunto

Así es que ninguna nación progresa si su soberanía cultural no está consolidada. Prueba de esto son países como Japón y Estados Unidos. El primero, atravesado por una cultura milenaria, resucitó de una hecatombe y llegó a ser potencia mundial. El segundo, nacido de la colonización, se desarrolló solo, para lo cual supo, a fuerza de políticas, consolidar su cultura, al punto de que es hoy una potencia mundial.

No son distintos los casos de Brasil y los principales países de Europa, así como tampoco lo son, salvando las distancias, algunos pueblos cercanos, como General Galarza y Crespo, que lograron distinguirse por su pujanza. Todas estas sociedades entendieron que su futuro dependía de su idiosincracia, de su arraigo, de su acervo, de su identidad, y a fortalecerlas y consolidarlas se avocaron.

Estas sociedades entendieron que, para crecer, debían estar fuertes y ser íntegros, que, para eso, tenían que estar unidos, y que, lo único en común que podía unirlos era la cultura. Si bien en algunos casos heredaron una cultura sólida, en muchos otros la consolidación resultó de estrategias políticas.

Es por esto que los Estados del mundo, a través de sus gobiernos, dedican a la cultura parte de su agenda. Pero, por estos pagos del sur, la cultura, junto con la educación, fueron gastos superfluos recortables en favor de otras cuestiones, y la cartera terminó siendo una mera gestión y promoción de espectáculos, cuando no se la usó para el adoctrinamiento.

Gualeguay, capital entrerriana de la cultura

En Gualeguay, por ejemplo, el carnaval, el tradicionalismo, la música, el río, la pintura, el fútbol, la solidaridad, el teatro, la historia, el asado y la galleta, entre otros tantos, son argumentos convocantes que definen nuestra cultura, y no la de Carbó o Chajarí, a la vez que quienes cultivan esos argumentos integran comunidades que, al convivir en un mismo territorio, componen la identidad de nuestra sociedad. Esa identidad es nuestra soberanía cultural.

Esa convivencia de pasiones a veces encontradas, como la de las lentejuelas y la del facón a la cintura en una misma casa, define la identidad de una sociedad, así como también lo hacen nuestros músicos populares en Santa Rafaela, la galleta con el pescado frito sobre la costa, o los cuentos de Garibaldi en la sobremesa de algún asado.

Ordenar esta convivencia, desarrollar cada patrimonio como parte de nuestra soberanía, y protegerla de cualquier amenaza son menesteres exclusivos del Estado municipal a través de su cartera cultural. Resulta inconcebible que la capital provincial de la cultura tenga agotado por décadas su libro de historia, o que sus alumnos no tengan idea de quien fue Juanele, o que la gente desconozca que el caballo es mucho más que un animal.

Cultura no es arte, cultura es identidad, es costumbre, es distinción. Es lo que nos reúne y une, es aquello sin lo cual nunca prosperaremos. La cultura es un asunto de Estado y es deber de cada gobierno incorporarla a su agenda con la merecida importancia, en especial en aquellas sociedades que, a pesar de sus valiosos patrimonios, aún no encuentran la concordia y armonía necesarias para su progreso.

Norman Robson para Gualeguay21